Años lentos, de Fernando Aramburu

La primera surprise al tener en las manos el nuevo libro de Fernando Aramburu es lo poco que pesa. He puesto surprise y no sorpresa porque rimaba, no porque sea gilipollas. Uno pensaba que ETA, el tema, pesaba, que era un tema como para medio kilo de pesares literarios como poco, y Años lentos apenas alcanza los 200 gramos, o el peso pluma, o, yo qué sé, el porte de un misal.

Luego sigue el sorprenderse con la prosa (prosa casi rima con sorpresa, qué martirio). Es una prosa antigua, clara, pueblo. Arranca como arranca nuestra picaresca, con el Yo, señor, y sigue en sintaxis obsoletas deliciosas, en expresiones descatalogadas de nuestra glotis; prueben este eco áureosecular: “Buen castellano, a decir verdad, no sonaba en boca alguna, y sí muy defectuoso y, según los casos, con muchas palabras vascas entremetidas”. (p49)

El castellano no es lo que era por falta de subjuntivos y zeúgmas, y por otras menudencias preteridas en nuestra construcción verbal, como esa mano de santo que es el prefijo “entre” a fin de bajar los diccionarios a las cosas: entremeter, entrematar (Max Aub), entreverar y entrevisto: ya no se escribe así, anteponiendo matices.

La tercera sorpresa es la segunda parte de Años lentos, en rigor parte entreverada con la historia principal, donde el propio Aramburu da cuenta metaliteraria de la tramoya de la escritura; un ejemplo lo clarifica: “Crepita de vez en cuando la cáscara de alguna de las castañas puestas a asar sobre la chapa del fogón. (Ojo con este detalle que me obliga a situar la acción en otoño).” (p70)

Sorpresas no hay más; ahora hay temas.

Los temas son vidas pobres en barrios pobres de décadas oscuras de la historia de España. Sin embargo, los motivos que se entrehilan resultan un tanto rancios. El aborto, en concreto, que hoy hacemos de seguido y sin tanta floritura, aparece por extenso en esta novela como un sindiós de perejiles y bañeras escaldadoras, y no me parece a mí que, a 2012, volver a esta documentación involuntariamente paródica de los sufrires del pueblo en el pasado entretenga o enseñe demasiadas instancias.

Yo, como soy un moderno, he disfrutado más del gruñón autor que estima  su escritura en las páginas en cursiva, que piensa su relato y deja caer algunas soberbias.

Porque el conjunto, aplicado, incluso perfecto, se excede un poco con el alcanfor.

Ello no obsta para que Años lentos sea la candidata ideal para protagonizar nuestro año literario, sus listas finales, sus premios de segundo otoño, su aplauso.

Nos vemos venir.

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5 respuestas a Años lentos, de Fernando Aramburu

  1. Zote dijo:

    Parece que lo hay dentro del libro es literatura, qué raro… Por cierto, ¿esa tilde en zeugma es inventada?. Ah…

  2. julian bluff dijo:

    Juan, no cuela. Lo del crepitar de la castaña, te lo has tenido que inventar.
    A propósito, un chiste de Eugenio. ¿A propósito?. A propósito.
    “Yo tengo en casa un loro que dice: papá y mamá”. El amigo: “yo tengo un bote que dice: tomate frito”. bluff.

  3. Fernando Aramburu es de los pocos escritores españoles actuales que dan la impresión de ser escritores. Quiero decir que llega un tipo de Australia o de Indonesia y se lee una novela de Aramburu y tiene la sensación de estar leyendo una novela y no una ocurrencia estirada a lo largo de cuatrocientas páginas. Ésta no la conozco, pero leí la magnífica y caótica Fuegos con limón, la tremenda Los ojos vacíos y los cuentos de No ser no duele. En ocasiones esa lengua que tanto parece gustarte a mí me lleva a pensar en alguien que no ha sido romanizado por completo, como herencia de esa última pereza que alejó a los romanos de ciertos terruños septentrionales (qué bonitas palabras las dos últimas) o acaso sea un homenaje involuntario a ese instrumento inadecuado para la comunicación que es el vasco.

    En contradicción flagrante y fragante con lo anterior, me pregunto por qué Aramburu no escribe un método de español para escritores patrios de lectura obligatoria entre los asalariados de Planeta, Seix Barral, Tusquets, Destino y compañía.

  4. Lansky dijo:

    sí, Aramburu es un escritor como se decía antes ‘de raza’ (vasca, o sea, un escritor-pastor)

  5. Tienes razón en parte y en parte no la tienes. Decoro lo llamaban los antiguos, pero no me hagas mucho caso. Los modernos si son como Gaddis, puta madre; si son como Coupland, nein, nein, nein.

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