La novela del corsé, Manuel Longares

Hubo un tiempo en el que no existía Amateur.tv y la gente se veía obligada a leer, forzada al libro, necesitada del papel, putañera de autorías. Los escritores eran putas por escrito, y eso era bueno. La gente leía y los novelistas cobraban por cachondear al personal, ilustrarles sobre sexualidades improbables y (siempre hay y) subirles los coloretes. Fue, este tiempo glorioso, el primer cuarto del siglo XX. Sobre esa literatura socarrada escribió Longares una gran novela hace treinta años: La novela del corsé.

Longares preparaba un ensayo sobre Felipe Trigo, Eduardo Zamacois y toda la legión infernal del rancio rijo intersecular, y debe que le aburría lo de contar las cosas seriamente -sobre todo, esas cosas– y le dio por practicar una novela-ensayo-readymade-parodia intertextual a ver qué salía; y salió un novelón. La novela se arma con la imitación de un estilo pomposo hasta el éxtasis y el incrustado discreto de citas sonsacadas a las páginas más incitantes de toda esa novelística de folleteo y carabina, mezcla arriesgada -que decimos ahora cuando un autor no cuenta nada en su novela- que cuajó milagrosamente en un artefacto que me ha dejado atónito y entonado.

Con un ejemplo se ve mejor:

En un escaso cuarto de hora de arrojo, volcarán los muchachos la náusea seminal en una casa de citas, compelidos bravamente a la lascivia lo mismo que aprendimos al tabaco. Sin otro maestro que su afán enardecido, apiñan el dinero para proporcionarse la revelación que ansían, vencen el miedo al contagio venéreo con una vocinglería ardiente que ahuyenta el pánico a carcajadas, golpean la puerta del sexo mercantilizado, se encierran con su instinto en lóbrego diálogo…

Lo curioso de este estilo es que, cuando se hace en serio, es ridículo (ver Luis Goytisolo, Martín Santos, Miguel Espinosa y un Benet en horas tontas), pero, al mismo tiempo, da penita no poder generar y leer expresiones como “lóbrego diálogo” y tantas otras, miles más, gratuitamente eufónicas y perturbadoras en su fatuidad. El estilo campanudo es insoportable, pero su caricatura nos deleita: esa es una de las lecciones que, para jóvenes pajeros de la prosa, sacamos de este libro.

La otra es que, como las poesías demenciales de Ullán, estas moderneces antiguas no parecen estar en la mente de los modernetes modernos, que creen haberlo inventado todo hace dos temporadas de The Wire; ni en la mente -y es más culposo- de sus críticos aprovechados, que creen que todo lo inventó Cortázar o un francés esmirriado. Todo lo inventó siempre alguien, qué duda cabe, pero no el mismo alguien, sino otro que olvidamos por pereza o ignorancia; o temor.

La novela del corsé, con todo y ser una ortopedia literaria, es también un potente documento feminista, un testimonio de machos encelados que acaban casados con cualquiera y de hembras sojuzgadas que ídem más adulterio y sospecha en puta ajena; una cosa decadente y serie B que firmaría Manuel Puig y filmaría Almodóvar, si no fueran, precisamente, de modernos.

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4 respuestas a La novela del corsé, Manuel Longares

  1. Pustulio dijo:

    Esta puta (nunca mejor dicho) novela no ha vendido un solo ejemplar en Amazon. Este detalle dice tanto sobre los lectores españoles y la puta (nunca peor dicho) literatura española que dan ganas de dinamitar la Biblioteca Nacional, no, mejor la FNAC.

  2. jonan dijo:

    Muy buena. La foto, claro. Pero, pregunto yo: ya que la moza no lleva corsé, ¿qué necesidad hay de que lleve, por ejemplo, sostén?

  3. VD dijo:

    Esta vez sí. Lo mejor la foto.

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