Un hombre que se va, Eduardo Zamacois

En este libro vienen a ahilarse (sic) numerosos post del pasado reciente de este blog fenoménico: Un hombre que se va es la cara progre de Mi medio siglo se confiesa a medias, de González Ruano, es el abrevadero sólito de la novela-corsé de Longares, y es el recuerdo de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Uno parece que lee a lo tonto y a lo tonto se van dibujando las figuras.

98 años tardó Zamacois en irse, si bien es cierto que nadie le pidió que se quedara. Empezó escribiendo erotismo de quinqué y virgo carabina, y acabó haciendo cine y novelando a lo social, todo mucho antes de que esas tres cosas tomaran prestigio. Le importaba tres cojones ser famoso y, por eso, no es famoso ni hay quien busque sus libros en los abecedarios, con todo y que la zeta, la verdad, tampoco es que abarquille demasiado los anaqueles.

Zamacois, a lo Rousseau, confiesa que fue más malo que la puta madre, sobre todo con las mujeres, que es con las que hay más ocasión. Se casó pronto y enseguida adulteró el débito, con una por aquí y otra por allá, embarazando a escroto lleno o haciendo malabares con las mozas, que llegaba a alternar de cuatro o de a cinco. Los tiempos de la represión y del recato, qué buenos tiempos fueron.

Donde Glez Ruano apuntó que no iba a contar calores del coño, Zamacois apunta enseguida que él sí. Apenas le importa otra cosa que el amor y la sorpresa, y su vida toda fue, según la cuenta, un decidir irse con la chica a París mañana mismo, dejar cosas, meterse en líos, zascandilear desbrujulado, y básicamente hacerles el visé a todas las mujeres que pudiera.

Por eso, de los 80 años que recuerda en estas memorias, sólo recuerda los 40 primeros, y la Guerra Civil y la vejez las da ambas por perdidas.

Tiene tiempo, mucho, páginas, muchas, también, para el malmeteo nominal, del que obsequio al lector furioso con este largo vómito sobre Azorín:

Por entonces llegó a Madrid otro joven escritor: el alicantino José María [sic] Ruiz -Azorín-. Todo lo que tenía Valle-Inclán de exhibicionista y alborotador, lo hubo Azorín de falsamente modesto y de callado. Los escritores que más pronto ser acercaron a él fueron Joaquín Dicenta, el porte festivo Antonio Palomero y el periodista Ricardo Fuente, entonces subdirector de El País. Suave y cauto, el recién venido se granjeó su confianza, penetró en la intimidad de sus vidas, procura harto lista tratándose de gentes que no tenían nada que ocultar, y semanas más tarde publicó un opúsculo titulado Charivari, o Anarquistas libertarios, en el que hablaba desdeñosamente de todos. Horas después de haberlo repartido personalmente por las librerías, asustado de su torpe acción corrió a casa de Nakens, le dijo lo que había hecho y le pidió dinero para huir de Madrid.

Todo esto, y así lo vemos también en Mi medio siglo se confiesa a medias, iba por entonces -que no ahora; ahora nadie- de “airear la firma”. Entonces no había blogs ni festivales literarios, y para insuflarse nombradía había que hacer un montón de cencerradas, encontrar padrinos y estar de cuerpo presente más que el muerto en los velorios de las letras. Valle-Inclán era el más payaso de todos, como era de prever.

Un gran libro -y 700 páginas- de esa prosa a la que ahora no llegamos, y alguna errata de consolación.

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7 respuestas a Un hombre que se va, Eduardo Zamacois

  1. Serge dijo:

    Buen chuloputas Zamacois. Gracias por la entrada.
    Una duda: si Zamacois murió en el 71, ¿cómo puede ser Ricardo Fuente subdirector de un periódico que todavía no existía? ¿Gran visionario Zamacois?

  2. julian bluff dijo:

    En favor del Impresionismo Narrativo

    Con la irrupción del posmodernismo es cuando comienza a irse todo al carajo. Hasta hoy en día, en que la situación se puede calificar perfectamente de peliaguda. Al rebufo de INTERNET, lo extravagante (la humorada) está asumiéndose como alternativa válida, y aún preferible, a lo inteligente (la ironía); la improvisación (el pastiche) como algo de una solvencia intelectual mayor a la del discurso (los argumentos); la “voluntad” en suma, aunque sea para hacer el pichachorras, como un don a admirar, y ser cultivado, por encima del “entedimiento”.

    Bástase la actual sobreabundancia de otros medios de expresión -y hablo de abundancia y no de diversidad a propósito, porque tanto la fotografía como el cine como la música grabada cuentan ya con más de un siglo de vigencia- para que la narrativa literaria fuese más pura cada vez, más nítida, sin mezcolanzas disgregadoras ni experimentaciónes vanales. El pensamiento y la palabra. El conocimiento y la dialéctica. La percepción y la retórica.

    • VD dijo:

      Tonterías, creo yo, bluff. O tienes imaginación o no la tienes. Falta empatía también, pero sobre todo rodearse de pordioseros para contar la miseria. Demasiado apocalipsis Adorno y Fukuyama para mi gusto entre los intelectuales. Lo que quiere el lector son hostias. Las hostias son las que pasan a la historia.

  3. julian bluff dijo:

    VD

    “El” lector quiere ver el Madrid-Barça. “La” lectora quiere amor y sufrimiento; tiempo y costuras. Los escritores quieren sacar novenas ediciones. El moderneo quiere rentabilizar la pose en la cama. Los blogueros queremos que nos publiquen. Y tú, quieres ¡hostias!.

    De ahí los únicos que lo tienen claro son los tíos, con, como mínimo, dos derbys al año, y las tías con una novela al mes y cinco sufrimientos a la semana. Los demás a mamarla. Y tú, también, Vicente.

    • pacobartebly dijo:

      Todos lo tienen claro entonces. Los futboleros con sus derbys, las marujas con sus amores y sufrimientos ajenos, y los demás mamando pollas. Desde luego tú lo tienes clarísimo, bro.
      Eso es síntesis social y lo demás son tonterías, coño ya.

  4. julian bluff dijo:

    Paco,

    Los demás, como tú los llamas, son “cinco”.

    • pacobartebly dijo:

      Lo de “los demás” no es mío, que lo dices tú, maifrien.
      Yo creo que los demás somos muchos, o quiero creerlo. Y a algunos no nos gusta mamarla.
      Que hemos superado la religión y ahora vamos a por el fúmbol, no seamos derrotistas.

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