El público, de Bruno Galindo

Está muy bien esta primera novela de Bruno Galindo: yo ya es que a los que no me gustan no les saco: echen cuentas.

La portada del libro es horrorosa. Lo demás, no.

Lo demás es generacional. Hacer novelas generacionales es la peor ocurrencia de un autor, porque un escritor como dios manda no se dirige a una generación; se dirige, justamente, a Dios.

Pero El público, a de pesar establecer muy pronto su propio destinatario, nos sorprende con unas formas y unas maneras que, salvo Pozuelo Yvancos, cualquier lector sensato podrá paladear.

Lo principal es que el narrador lo encarna un Nosotros mayúsculo, un colectivo, una nada nebulosa, una voz orweliana de compras grises por Ikea; un gran acierto. Esa voz refrigerada a la manera de Perec (congelados franceses) -a la manera de Las cosas, exactamente- fiscaliza la vida de un señor periodista y de sus extraños extravíos; con un suplemento cultural primero, con una damita después, con una rusa y un ruso finalmente.

La acción pinta menos que la descripción, y ya dice Piglia (argentino al que no mancha ni el petróleo) que todo relato o es acción o es descripción, y que las dos cosas no comparecen a la vez. Galindo describe mucho y, al acabar el capítulo, se inventa una llamada o un mail y esa acción solitaria reacelera la lectura -interesante técnica que, dicho sea de paso, acaba por volverse algo predecible-.

En El público se cuentan cosas del hoy con soltura y solvencia, con cierta oscuridad impostada también, pues la novela se regenera a sí misma página a página, jugando a ser su propia lectura, en una puesta en abismo que -ya lo dije- le da esa cosa como de complejidad memorable.

Hay una escena concreta que ya hemos leído en Sputnik mi amor -norias y binoculares, habitaciones dobles-, y hay unas temáticas, unas reflexiones (“¿cuál es el enemigo cuando este es invisible?”, que la conectan antinaturalmente con Ejército enemigo, de Alberto Olmos, autor poco sospechoso de haber subrayado nunca una sola línea de Georges Perec.

No en vano, en este último autor encontramos esta cita intercambiable, y de ajuste:

A fin de que todo se vea reducido al mismo nivel es, en primer término, necesario procurarse un fantasma, un espíritu, una abstracción monstruosa, un algo que todo lo abrece y que no es nada, un espejismo; y ese fantasma es el público.

Soren Kierkegaard

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Una respuesta a El público, de Bruno Galindo

  1. jonan dijo:

    Curiosa foto, aunque hay que torcer un poco el cuello para verle bien las tetas a la tipa…. En fin, a ver la próxima.

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