El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza

“Era admirable ver cómo aquellos potentados, tan duramente golpeados por la crisis financiera como acababa de saber leyendo un trozo de periódico, seguían manteniendo la apariencia de derroche y jolgorio con el único fin de no sembrar el desaliento en los mercados bursátiles.”

Eduardo Mendoza empezó publicando, con 32 años, una novela ambiciosa, seriota y enfilada firmemente hacia los manuales de literatura de COU: La verdad sobre el caso Savolta (1975). Hecho el apaño, y enseguida -1979-, se guardó la espaldas con El misterio de la cripta embrujada, un libro nada ambicioso, nada seriote y nada enfilado con firmeza hacia otro registro que el de la caja que registra. Desde entonces, según se atisba en su bibliografía, ha ido alternando, según sus deudas y sus dudas, una de ir en serio y otra de ir de broma, la novela de quedar y la novela de subsistir. Finalmente ganó el premio Planeta para quedarse subsistiendo con 600 mil euros encarados con la reina de Inglaterra -o lo que acuñen en Londres, libras, libros, libres-.

El enredo de la bolsa y la vida es la cuarta entrega de sus novelas de risa, de ese subgénero quizá fundado por él que se denomina novela negra paródica castiza -tan imitado luego en Madrid-. El enredo de la bolsa y la vida es una tontería como un piano, pero una tontería sin tontos; ni el autor ni sus -miles- de lectores son tontos: es que quieren divertirse y para divertirse como dios manda hay que ponerse un cucurucho en la cabeza, hacerse el tonto.

La peripecia de El enredo de la bolsa y la vida es sumamente subnormal, y apenas relevante para lo que aquí nos interesa: follar. Qué relevancia va a tener una trama para lo que aquí nos interesa, hombre de dios. Más relieve toma el estilo, la prosa y la humorada que se aprieta entre las tapas de SB (eixarral). Mendoza escribe espectacularmente a cada paso, dejando dudas de si, con estos aperos del verbo, no podría uno llegar a sitios algo más elevados que los de la tontería.

Y ahora, si dejáis de interrumpirme con la vana intención de apartarme de mi letal propósito, despejaré dudas y aclararé detalles como prometí hacer en el momento de mi teatral irrrupción, un poco aguada por las digresiones.

Esta prosa grandilocuente, exacta y elegantita cae por igual sobre los hablares de putas, policías, chinos o niñas, y, en su inverosimilitud, en esa fisura entre cómo se narra y cómo se habla y las cosas que se cuentan, encontramos la tesitura particular del autor, su mundo -como dicen por ahí-, un territorio ocioso-nobiliario donde escribir es aprovechar la dicción superior para jugar con el papel.

El libro -que repito que es una increíble chorrada; una facecia– se lee enganchaíllo a causa de su bonhomía estilística y de su particular contacto con la realidad y la actualidad: la crisis, los bancos, los dirigentes europeos asoman párrafo sí párrafo también en el relato, que queda encantador al contemplar a un señor de 70 años que sabe lo que es Twitter.

Colgué la foto en Twitter y a los cinco minutos tenía respuestas de todo el mundo. Hasta la CIA quiere ser mi amiga.

Eduardo Mendoza, amén de otros méritos y deméritos, tiene entre los primeros elde haber dicho una frase tan honesta como aleccionadora -para un escritor-: “Yo ya sé que no voy a cambiar la historia de la literatura”.

Como dicen los listos oficiales, la frase tiene más chicha de lo que parece.

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Una respuesta a El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza

  1. VD dijo:

    Ojalá todos los “best-sellers” tuvieran la calidad de Mendoza. El problema es cuando determinado sector de la crítica al servicio de los grandes sellos nos hacen creer que sus libros, al igual que los de otras muchas trademarks literarias cuyas inversiones hay que rentabilizar, son esa otra cosa que nos interesa tanto.

    A todo esto, te ha quedado muy aristotélica la reseña: peripecia, inverosimilutud, referencias implícitas al decoro… Seré yo que, como ando con la Poética a vueltas, veo al Estagirita por los cuatro costados.

    Vamos, que me ha gustado esta reseña en especial. Como he dicho al principio, para ser un superventas tiene algo que no poseen otros que sí pretenden cambiar la historia a costa de no sé qué (que alguien me lo explique). Es más, si Mendoza se lo propusiese se comería con patatas a muchos escritores de su generación con más galas, porque chispa tiene para rato (con su Gurb y su Pomponius me descojoné, todo hay que decirlo).

    Eso sí, lo de la novela negra paródica no tiene nada de castiza. Es sólo que Mendoza leyó en los ochenta, como todos me temo, los pepinazos de Sharpe en Círculo de lectores (una de mis lecturas infantiles favoritas, por cierto).

    El problema es el de siempre: el common reader tiene memoria de pez. No son muy conscientes de ello, pero si les gusta Mendoza es porque hace veinte años leyeron Wilt (Gurb?) y el subconsciente les ha jugado una mala pasada (capitalismo, neocons, Althusser, Marcuse, Jameson, ya sabes, podríamos tirarnos media vida analizando estrategias de mercado al modo de zumbados conspiranoicos). Pero pasa también con la ficción actual: después de The Informers de Ellis, Money de Amis y El legado de Humboldt de Bellow (muchísimo mejor que Herzog, por cierto), parece como que de Norteamérica no ha llegado nada nuevo salvo escritores noveles becados con ayudas made in Brooklyn para minorías étnicas (todo un visionario Melville con lo de la whiteness en Moby Dick, ¿no crees?).

    Saludos.

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