Juegos de inteligencia, de Rosario Castellanos

La editorial Renacimiento podría diseñar polos de Lacoste (o a Lacoste) con enorme solvencia. Sus portadas, toditas, vienen rayadas, listadas, tiradas a colores varios y, siendo distintas, parecen siempre la misma poesía en manga corta, una literatura textil.

Leo en Poema semanal (blog) un poema de Rosario Castellanos y, en gustándome, ahí que voy a la biblioteca a conseguirme algún libro suyo. Sólo hay este en España (o no): Juegos de inteligencia. Es una antología.

Las antologías, o grandes hits, de los poetas, son una buena idea. Uno, como lector, pierde el impacto de la composición dispuesta por el autor -ya que los poemas, su curso y su discurso, nos los manipula un antólogo- pero gana, eso sí, ecuanimidad de juicio: si ningún poema de la antología te gusta, no hace falta andar leyendo mucho más.

Rosario Castellanos, por eso de ser mujer y escribir, sufre en esta edición un prólogo feminimilitante que, uf, nos la pervierte. Pues, de luego, ningún poema apenas va de ser mujer y de escribir, de sufrir el gen ni de, en definitiva, gilipolleces.

Son poemas que están bien y, después, muy bien.

He comprobado por ahí -y esto ya lo dije- que la crítica de poesía, por lo que sea, intenta mayormente no decir nada exacto del poemario que se reseña; que son todo sandeces en alabanza del poeta y algunas citas con esa mierda de rayas torcidas con que se prosaizan los versos; así las cosas, un crítica de poesía viene valiéndonos cero y algo menos, y, realmente, debería pagarnos por leerlas.

Yo lo haré mejor.

Juegos de inteligencia nos arrejunta poemas desde el 48 al 72, y son todos de un palo similar, esto es, un yo íntimo realista vagamente deprimido. Los versos son de a once sílabas casi siempre. La metáfora -uno piensa en Luis Rosales– se sirve dosificada, sin excesos. Apenas hay otras figuras poéticas fuera del campo magnético de la antedicha.

Los primeros libros de Rosario Castellanos -la muestra retal que aquí vemos- son simplemente correctos, apenas transitivos. Es llegado En la tierra de enmedio (1969) cuando nos encontramos un cosa más potente y sueltita, y poemas numerosos que merecen nuestra atención: Autorretrato (“Sería feliz si supiera cómo. Si me hubieran enseñado los gestos, los parlamentos, las decoraciones.”), Se habla de Gabriel (“lo sentía crecer a mis expensas, robarle su color a mi sangre, añadir un peso y un volumen clandestinos a mi modo de estar sobre la tierra”), Entrevista de prensa (“Escribo porque yo, un día, adolescente, me incliné ante un espejo y no había nadie“) o Valium 10, tan aparatosamente femenino: “Y no puedes dormir si no destapas el frasco de pastillas y si no tragas una en la que se condensa, químicamente pura, la ordenación del mundo.”

Esta poesía como de ama de casa, como de Martirio y su estar mala, pero mala de acostarse, se aviene mal con una señora que fue embajadora (emperaora) de México en Israel -donde murió-; y rica por su casa to las veces y doce las criadas que tenía. Pero se lo perdonamos.

Porque son agradables de leer, proponen un timbre honesto y van deshojando el metaforeo con sosegada maestría.

A por ella.

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Una respuesta a Juegos de inteligencia, de Rosario Castellanos

  1. Pustulio dijo:

    Qué horroroso el título del libro. Parece de antología, pero de Los mejores sudokus del siglo XXI.

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