El percherón mortal, de John Franklin Bardin

Reeditar a un estadounidense cualquiera siempre será mejor que publicar a un señor de Tomelloso: yo creo que esto piensan en las editoriales pequeñas. Ahí están Robert Stone y William March en Libros del Silencio; Don Carpenter en Duomo; Toby Olson en Doctor Domaverso… Basta ser de Chicago y fracasar para que te publiquen en Barcelona. Basta triunfar en Barcelona para que se la pele al resto del mundo.

John F. Bardin. La idea es que un autor se redescubre sucesivamente. Hay autores canónicos y autores olvidados y, entre medias, hay autores a descubrir; pero no para ser canónicos de una puta vez o para que el olvido se los coma definitivamente después de una especie de última oportunidad; no, se los descubre y redescubre por el gusto mismo de cambiar el paisaje, de cambiar dos naipes en el póker literario, de conseguir ese comodín referencial que alivia un poco el peso de los ases, las reinas, los reyes.

El percherón mortal estuvo por aquí en 1989 y 1990 (Versal; Círculo de Lectores), en 1998 (Ediciones B), en 2004 (Ediciones B, bis); y en 2012: Elia Ediciones. A buen seguro, en 2020 una editorial reeditará este libro y un idiota dirá: ojo, qué bueno, antes de que Bardin pase de nuevo a las librerías de lance y a la memoria imprecisa de un lector voracísimo.

Esto es novela criminal de crucigrama: desde Agatha Christie, la charada narrativa no ha dejado un verano en manos del tedio. Son novelas divertidas ingeniosas correosas que se leen rapidito y adictivamente, pero que luego no van a ningún lado. Como todas ellas, El percherón mortal es mejor en su inicio, cuando todo el juego está por destapar sobre la mesa y el puzzle sólo muestras sus piezas más pintonas e inconexas. Luego todo tiene que encajar porque para eso compra uno los puzzlecitos: para completarlos, y ahí ya no hay tanto placer dado que un puzzle no es un lienzo, un cuadro, una obra de arte. Es un entretenimiento.

Elia Ediciones, a pesar de no poner cientos de tildes, nos ofrece una traducción muy solvente, a cargo del misterioso traductor César T. Aira. ¿T?

Pues T.

Podría considerarse el crimen como la broma definitiva y, a la inversa, a la broma como la forma social del asesinato.

Recomendable.

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