Joseph Anton, de Salman Rushdie

Ya saben los que me aman que en este blog detestamos -amén de casi todo- casi toda la literatura que se nos presenta como folklore, como guía turística con personajes o como metáfora de un país que queda lejos. Los apellidos aromáticos (Pamuk, Maguz, Putuf) apestan y avisan de que quizá sea mejor seguir leyendo las cosas de un Gómez o de un Smith pues, en su ramplonería nominal, necesariamente han de tener algo que decir si, siendo de Cuenca y Atlanta, van y publican libros.

Por ello, ni siquiera prohibiéndolo me dieron ganas de leer Los versos satánicos, de aquella. Además, de suyo, el autor, Salman, me cayó como una mierda pues, a fin de cuentas, no lo mataban nunca. Yo, las amenazas de muerte, como las de suicidio, sólo me las creo en cadáver, no de lloriqueo.

Salman, además, vivía bastante bien mientras lo iban matando. Mansiones, cócteles, zorritas con la edad de una su hija… Había hecho su agosto eterno con eso de profanar la morería, el pillo.

Entonces me envían Joseph Anton los de Mondadori, tocho morado y dorado en tapa dura y que son memorias. Hice cuanto pude por no leerlo, pero en uno de esos desabastecimientos lectores que a todo yonki le asedian, me tuve con conformar con leer esta cosa.

Me ha fucking encantado.

Es, porque lo digo yo, el libro del año, sin la menor duda.

El título no me gusta; así, visto a lo lejos, parece una biografía de Salman Rushdie escrita con (o en colaboración con) Joseph Anton. Dos nombres propios en la cubierta de un book: mal. Al cabo, te enteras de que Joseph Anton es el seudónimo fugitivo que eligió Salman para que le apelaran los policías que le cuidaban; los policías se emborrachan y a nada sueltan un “Estoy protegiendo al gilipollas de Salman Rushdie”, en el bar, y siempre habrá un moro que lo oiga, siga al policía, mate a Rushdie y fracasé la civilización. Por ello Joseph (Conrad) Anton (Chejov).

La fetua (así llamada en este libro: ¿no era fatwa?) parece que iba muy en serio. A Salman no llegaron a hacerle ni un rasguño, pero, según cuenta, mataron al traductor japonés, acuchillaron al traductor italiano y dispararon a su editor sueco. Mientras tanto, él cambiaba de casa, cambiaba de mujer, cambiaba de editor, escribía, pedía perdón por teléfono, gestionaba campañas a su favor, intercesiones de políticos, comía con Martin Amis, escribía artículos en los periódicos -no siempre sobre ser él- y contendía con un Steiner o un John Le Carré que, como otros muchos escritores relevantes, discrepaban acerca de que los islamistas hubieran sacado las cosas tanto de quicio.

Salman es bastante honesto en estas memorias y bastante cotilla porteril; también se esfuerza enternecedoramente en que notemos la persona de puta madre que es. Siempre que pierde un premio, antes ha deseado la victoria del finalmente ganador o ha consolado en los baños al futuro ganador, que estaba muy nervioso, o ha aceptado su derrota con una deportividad casi celestial. Por supuesto, la obra es de un narcisismo psicopático, a Salman le gusta ser Salman más que nada en el mundo, incluso más que nada en la galaxia.

Hay anécdotas sucesivamente destenillantes o increíbles o humanísimas página a página en Joseph Anton: Carmen Barcells, que le llama y le dice que García Márquez (!) está escribiendo un libro sobre él (algo que no le gusta nada a Salman, pues, como es lógico, un marionetista no quiere que otro mueva sus muñecos); una bella joven hindú que se presenta a su agente inglés (el americano es Wylie, claro) y le ofrece follársela si le dice dónde está escondido Salman, del que se ha enamorado dondeestawallyanamente; lo de Granta (él fue jurado en la selección de mejores narradores jóvenes en inglés): “James Wood, el malévolo Procusto de la crítica literaria, que atormentaba a sus víctimas en la estrecha cama de sus inflexibles ideologías literarias, descuartizándolas dolorosamente o cercenando sus extremedades por las rodillas, sometió a los Veinte a su tortura en The Guardian. Chicos y chicas, bienvenidos a la literatura inglesa.”; su mal rollo con Arundhati Roy. Y las mujeres, claro.

Estos motivos, en buena medida carnavaleros, compensatorios de ese drama mortal de palparse con vida cada mañana, se entreveran finalmente con otro leit motiv mucho más elevado: la muerte, la muerte en sí. Es espectacular cómo Salman, dado por muerto y, por ello, legitimado para clamar ante dios contra su suerte, va viendo, según vive, según no lo matan, cómo muchos (muchos) amigos suyos, o mujeres de sus amigos, mueren efectivamente, casi siempre por culpa del cáncer, que no es tan mariconzón como los moros, y cuando dice que viene, llega. Este irse de entierros -la cosa empieza con el de Bruce Chatwin-, este dar el pésame, cuando uno mismo se creía destinatario totémico de todos los pésamos posibles, modula hasta extremos antológicos la amenaza que pende sobre Salman, pues esa amenaza, aunque no de forma explícita -la amenaza de morir mañana- pende igualmente sobre cualquier persona.

En todo caso, mérito abrumador de Rushdie fue seguir escribiendo libros, con la que tenía encima. Miren que aquí en España a uno lo ponen mal en el comentario 78 de un blog y lo bloquean, lo deprimen, su vida no tiene sentido y ya no puede de escribir; y Salman, con medio mundo moro afilando sus alfanjes con el canto de Los versos satánicos, ahí que estuvo, y está, escribiendo por encima de la estupidez, la maldad, la vesania, el enemigo, el qué dirán y las circunstancias pesarosas.

Un dios, Rushdie.

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10 respuestas a Joseph Anton, de Salman Rushdie

  1. En la foto Rushdie es el de la derecha,¿no?

  2. Zote dijo:

    Únicamente para decir que me caen fatal los hombres que no llevan correa. Ni tampoco los hombres con esa bola de ojos tan despectiva. Odio a este tipo, y soy occidental, blanco y ateo. Jamás leeré un verso suyo. Que se lo follen. Viva la cerveza.

  3. julian bluff dijo:

    A lo que yo acabo de bloquear ahora mismo en ARQUTIPO’S

    http://julianbluff.blogspot.com.es/2012/10/ejercito-enemigo-la-critica.html

    es a la última novela del escritor Alberto Olmos, al que se ha referido alguna vez alguno de los comentaristas de este blog. Ya tocaba. Espero que este sí sea un macho, y no se me deprima. Y de ti, Juan, lo que espero -siempre andamos esperando cosas de los demás y así nos luce…- es que le eches un vistazo al discurso y que si tienes que meterles caña al glosista o al glosador no te cortes un pelo !Abrazos!

  4. Agrafo dijo:

    Yo prefiero a Salman Hayek.
    Probablemente tu recensión es mejor que el libro.

  5. Sí, tiene cara de depravado. Aunque claro, se entiende.

  6. Jonan dijo:

    Vamos, Salman, que si no llega a ser por Jomeini, tú no pillas con una tía como ésa ni en sueños…

  7. Sofía Alberoni dijo:

    Me alegro que pensemos igual, Sr Malherido.
    Si tiene a bien, siga con Vergüenza, que, para en mi modesta opinión, es su obra de ficción más destacada.

  8. Sofía Alberoni dijo:

    Me alegro que pensemos igual sobre este libro, Sr Malherido.
    Sobre todo, con lo que me chirrió su crítica en QuéLeer de Murakami.
    Siga con Veregüenza, si tiene a bien continuar con el indio, en mi opinión, su más destacada obra de ficción

  9. Antieditor dijo:

    Hombre [Juan], que pongas bien un libro de tus editores no sé yo si cuela.

    [comentario editado por Inc]

  10. Culirrubia dijo:

    ¡Ostras! Toda la vida pensando que Salman Rushdie era Tauro y echando el ojo en la wikipedias descubro que era géminis

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