Sudamérica sin gordas

No sabrá uno ya qué hacer para llamar la atención, en efecto.

Pues acabo de terminar de leer, como quien dice, la última novela de Yuri Herrera, titulada La transmigración de los cuerpos. Es el libro suyo que más me ha gustado, aunque no suponga un cambio sustancial respecto a los dos anteriores. Diré rápidamente que el estilo de Yuri Herrera puede llegar a provocar éxtasis en un lector; que a buen seguro el novelista mexicano es uno de los pocos autores en español que ahora mismo da sentido a leer novedades; también que, con todo, el final de La transmigración de los cuerpos le deja a uno vagamente insatisfecho, como si lo mejor de leer a Yuri Herrera fuera estar leyéndolo y no haberlo leído -las tramas acaban por revelarse meros puntos de apoyo para su discurso vitalísimo-; que recomiendo con ardor la novelita…; porque este post va a ir de otra cosa.

La transmigración de los cuerpos tiene 136 páginas; Señales que precederan al fin del mundo, 120; y Trabajos del reino, 126. La obra completa de Yuri Herrera suma 372 páginas.

Esperen.

Alejandro Zambra. Su primera novela, Bonsái: 96 páginas. La vida privada de los árboles: 128; Formas de volver a casa: 160.

Esperen.

El lugar del cuerpo, de Rodrigo Hasbún tiene 128 páginas.

Valeria Luiselli, Los ingrávidos: 144 páginas.

Me dejaron el otro día Autos usados, del mexicano Daniel Espartaco Sánchez. 157 páginas.

Esperen.

Autos usados llega a 157 páginas después de dividir en cuatro partes el relato; esto supone dedicar una hoja entera (dos páginas) a cada epígrafe; y más: la primera parte tiene 8 capítulos; 12 la segunda, 6 la tercera; la última tiene 4. Cada capítulo empieza en pagina impar, desperdiciando ya un tercio de página; si el capítulo anterior acaba también en página impar, la página par entre ellas queda en blanco. En resumen, de las 157 páginas de Autos usados, a lo mejor 50 están en blanco.

¿Que querré decir yo con tanto número?

Bueno, una tontería. Ésta: que los autores latinoamericanos de hoy día parecen muy lejos de ir a escribir nunca la Gran Novela Latinoamericana.

Cree uno que, aparte de por sus cuentos, la literatura de los países de habla hispana de América del Sur se hizo fuerte en el siglo XX a base de novelones. Desde aquello que llamamos boom hasta 2666 de Roberto Bolaño (mil y pico páginas), se ha mantenido una tradición o una práctica continuada de la novela gorda, y sólo ahora esa exhibicion de músculo y exuberancia parece haber llegado a su fin. No en vano, los maestros reconocidos de buena parte de los nuevos autores latinoamericanos son César Aira y Mario Bellatín, asimismo a dieta de papel en la mayor parte de sus libros.

A lo mejor estar becado o estudiando o trabajando en Estados Unidos, como sucede con la mayor parte de los autores aquí citados, los deja exhaustos; no sé.

A mí esto (esta tontería) me preocupa un poco. La delgadez es siempre sospechosa, y en literatura facilita la expedición del pasaporte de novelista a cualquier sujeto que consiga rellenar 40 páginas en Word, vueltas luego 157 en el proceso editorial.

Estamos todos de acuerdo en que cantidad no equivale a calidad; es decir, en que porque un libro sea breve no quiere decir que sea bueno.

Tampoco el silencio debería dar tanto prestigio: porque alguien no publique otras 40 páginas en Word hasta pasados 10 años desde que publicó las anteriores no debería suponerse que se nos viene encima el nuevo Juan Rulfo.

Lo más parecido a Juan Rulfo que hay ahora por allí es el propio Yuri Herrera, un poco Juan Rulfo puesto de MDMA.

Lo que quiero decir es que quizá apetece una novela latinoamericana de 500 páginas, ese esfuerzo, ese reto, esa osadía; que quizá es tan difícil llevar a la gente a los libros que, si por pura casualidad conseguimos que más personas abran uno, lo mejor sería que se pasaran dentro de él un largo rato (a la gente le gusta que le secuestren la cabeza durante mucho tiempo: miren si no los best-sellers, todos gordísimos).

Quiero decir que, poco a poco, y de cien en cien, hemos llegado a un punto en el que una nueva novela sudamericana  imprescindible de 123 páginas va a dar un poco de risa; y de pena.

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12 respuestas a Sudamérica sin gordas

  1. julian bluff dijo:

    Saliendo tremenda tigretona en el post, se hace obligado que comente. Es por eso. Que a Juan, y bien se encarga él de señalárnoslo, y si no vean su “vida instrucciones de uso” que figura arriba bajo el epigrafe: “Policy (NEW new)”, muy de Juan, que se sabe muy poco policy y se adivina muy poco newnew, no le hace ni puta falta que le comente nadie nada. Pero voy y yo comento, porque la jai del bikini me hace comentar, me im-pe-le a comentar, si no estaría ya medio muerto ¿no creen?. Y asevero que mejor los libros gordos que los flacos. Y mejor un libro gordo bueno que un libra flaco bueno. Que sí, Juan, no te sulfures, que ya sé que acabo de decirlo. Y hasta mejor un libro gordo regular que un libro flaco bueno. Como es mejor vivir diez años ganando treinta mil euros al año, que morirte a los cinco habiendo ganado cincuenta mil al año. Y eso es así y si hablamos de las chicas y del tamaño de la porra o del de el cerebro todavía más. Venga, que lo dejo. ¡Un abrazo para todos!

  2. pedro dijo:

    El testigo, Juan Villoro, 470 páginas

  3. mierdasgordas dijo:

    La verdad es que es un asunto de peso. ¿No sería lo normal que les salieran unas novelas gordas y otras flacas, dependiendo de la cosecha? Quizás no sean escritores de novelas, sino de novela corta (“novellas” en inglés), y sus obras se nos deberían vender (y ser cobradas) como tales.

  4. Hay flacas fofas y flacas que se rompen nueces con las nalgas; hay gordas apretadas y rotundas que te arrancan el alma en un abrazo, y gordas como desparramadas cuesta abajo. Que lo mismo es más cuestión de tono muscular. Es más, yo creo que siempre es cuestión de tono muscular.

    Pero que sí, que lo mismo también es que hay que trabajar más. O eso dicen.

  5. Bartleby dijo:

    Por mencionar a alguien que sí escribe libros largos, ahí está Rodrigo Fresán. Buen post.

  6. Eduardo dijo:

    ¿Y cuántas páginas tiene que tener la Gran Novela Latinoamericana?
    O, mejor dicho, ¿desde cuántas páginas una novela puede postular para ser la Gran Novela Latinoamericana? ¿300, 400?
    Más interesante que emitir un juicio es plantearse la pregunta de por qué estos autores han publicado libros que no superan un determinado número de páginas. Como bien dices, puede ser sospechoso que todos los autores que mencionas opten por la brevedad, pero también sería bueno tratar de entender ese gesto o esa incapacidad de escribir libros más largos o esa desidia o, simplemente, ese desinterés por escribir libros de 300, 400 ó 500 páginas.
    Y, como bien dices, “estamos todos de acuerdo en que cantidad no equivale a calidad”. Sí, estamos todos de acuerdo: un libro breve no asegura calidad, como tampoco la asegura un libro largo.
    Por último, si bien es cierto eso de Latinoamérica, el siglo XX y los novelones, también es bueno matizarlo: por ejemplo, leer este texto que escribió Juan José Saer sobre las novelas breves de Onetti: http://elpais.com/diario/2004/08/21/babelia/1093045815_850215.html
    ¿Cuántas páginas tienen las primeras novelas de Onetti? ¿Y las primeras novelas de García Márquez antes de publicar “Cien años de soledad”?
    ¿No será, finalmente, un cosa de tiempo?

  7. Geografía dijo:

    América del Norte o también Norteamérica, es un subcontinente que forma parte de América y que se extiende en el Hemisferio Occidental desde el Océano Glacial Ártico por el norte, hasta la frontera con Centroamérica por el sur, y está a su vez cercado por el Océano Pacífico al oeste, y por el Océano Atlántico al este. Incluye los siguientes países: Canadá, Estados Unidos y México, así como el territorio danés de Groenlandia.
    América Central, también llamada Centroamérica o América del Centro, es un subcontinente que conecta América del Norte con América del Sur. Rodeada por el océano Pacífico y el océano Atlántico. Políticamente se divide en los siete países independientes de Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá.
    América del Sur, también llamada Sudamérica o Suramérica, es el subcontinente austral de América. Está atravesada por la línea ecuatorial en su extremo norte, quedando así con la mayor parte de su territorio comprendida dentro del Hemisferio Sur. Está situada entre el océano Atlántico y el océano Pacífico.Incluye actualmente trece países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Guyana Francesa, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela, aunque hay libros que incluyen a la nación caribeña de Trinidad y Tobago por encontrarse sobre la plataforma continental de Venezuela.

  8. Ya, y Cuba está flotando en el espacio exterior intergaláZtico, no te jode.

  9. Anónimo dijo:

    Al final el volumen qué mierda significa aparte de pura exhibición de técnica o erudición. Es así en todas las artes. Yo del Boom americano prefiero la rabiosa brevedad de Rulfo a la barrila de Cien años de soledad. Quisiera ser el escritor del que dijeran: no escribió más, para qué…

  10. Dr.Diable dijo:

    El otro día hablabas de Markson. Creo que van por ahí los tiros. No es tanto una incapacidad como un reflejo del espíritu de comprensión y síntesis de nuestra época. Que se echa de menos una Doña Bárbara, pues claro que sí. Lo de 2666 es otra historia. Obra maestra sí, pero eliminando la parte de los crímenes. Vale que es un miniCapote pero satura. Más que nada porque lo que interesa son las peripecias de Hans Reiter, la tontería de sus críticos y el polvo del rumano y la condesita.

  11. Gruesa dijo:

    Iba a discutir con las dos docenas de contraejemplos que se me ocurrieron antes de terminar de leer la nota pero la verdad que esta estupidez no amerita. Mejor, si te gustan gordas, haceme un favor, fijate acá abajo un momento. ¿Ves? Ahí abajo. Es mi pija. Chupala.

  12. Piracetam dijo:

    ¿Recuerdan el hecho científico que dicta que muchos de los astros que vemos en el cielo son estrellas muertas hace millones de años pero cuya luz sigue, en apariencia, viva por el delay (visual) cósmico? Eso podría describir la estructura prodigiosa de la novela de Alberto Chimal. El autor usa varios carriles narrativos que corren paralelos y que van rozándose discreta y elocuentemente. Esa estructura exquisitamente cronometrada, su confección e idea, es una hazaña. Es decir, dos hechos (o más) ocurren al mismo tiempo, ya sea en apariencia o no, ya sea uno verdadero y el otro no, y, sin embargo, al final los criterios de verdadero o falso se trastocan porque la estrella sigue brillando, nosotros la vemos y ambos hechos ocurren luminosamente. Porque, además, el camino que narra Chimal es luminoso, diáfano, es un laberinto de cristal con señales tan claras que el lector asiste a la creación de un mundo desconocido que a las pocas páginas reconoce como natural. El horror que Alberto Chimal cultiva en esta novela no proviene de la penumbra de la encrucijada. Es, más bien, un cuarto blanco y bien iluminado que permite ver cada detalle de la pesadilla.

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