# detergente

El que fue rebelde una vez, lo será siempre. No se puede evitar. Nadie puede negarlo. Y es mejor ser un rebelde, más que nada para demostrarle a la gente que no merece la pena intentar jugártela. Las fábricas, las oficinas de empleo y las aseguradoras nos mantienen vivitos y coleando –eso dicen-, pero son trampas que te acaban tragando como arenas movedizas si no vas con cuidado. Las fábricas te hacen sudar la gota gorda, en las oficinas de empleo te matan con sus soporíferas charlas y las aseguradoras y las delegaciones de Hacienda te ordeñan el dinero de tus pagas y si te descuidas te roban hasta las pestañas. Ay, por Dios, qué vida más dura si no te rindes, si no evitas que ese gobierno cabrón te revuelque la cara en el estiércol, aunque no puedes hacer gran cosa para impedirlo, salvo volarle los morros con dinamita a esos cuatro-ojos.

Te arengan subidos a cajas de detergente: Vótenme a mí, por esto y por lo otro, pero al final da igual a quien votes porque el gobierno seguirá poniéndote sellos por toda la jeta hasta que no puedas ver ni a tres palmos. Y lo que es más: te obliga a que seas tú mismo quien les compre los sellos. Te tienen agarrado por los huevos, por la columna y por la calavera. Quizá hasta piensen que vas a acudir como un perrillo a sus pies cuando te den un silbido.

Pero escucha, este torno es mi amigo para siempre porque me hace pensar; y ese es su principal error, porque sé que no soy el único. Un día ladrarán y nosotros no iremos tras ellos al redil como borregos. Un día encenderán sus luces y darán palmadas diciendo: Venga, chicos. Poneos en fila y coged vuestro dinero. No vamos a dejaros morir de hambre. Pero quizá algunos de nosotros decidamos morirnos de hambre, y ahí empezará el problema. Quizá algunos prefiramos jugar al fútbol, o irnos de pesca a Grantham Cut. Entonces ese marica barrigón del sindicato nos pedirá que no liemos las cosas. Sir Harold Vegijafloja nos prometerá una paga extra mayor cuando las cosas mejoren. El inspector jefe Pochoclo dirá: Nada de crear problemas, nada de reunirse en la verja de entrada. Tipos con trajes y bombines nos dirán: Estos chicos tienen sus televisores, dinero suficiente para vivir, pisos de protección oficial, y los fines de semana les damos cerveza y les dejamos jugar una partidita de billar… Algunos hasta tienen coches. Los tenemos bien contentos a todos. ¿Cuál es el problema entonces? ¿Es una metralleta eso que oigo o es un coche que petardea en la distancia?

Rat-tat-tat-tat-tat-tat-tat–tat-tat-tat-tat–tat-tat-tat-tat-tat-tat. Espero no estar aquí para verlo, pero sé de sobra que me tocará ser testigo de ello. Soy un cabrón que lo único que quiere es joder al mundo, y no es de extrañar, porque el mundo pretende hacer lo mismo conmigo.

Alan Sillitoe, 1958

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