Literatura del duelo IV: La hora violeta, de Sergio del Molino

Cuenta García-Posada en el prólogo de Mortal y rosa (Cátedra) que este libro canónico de Francisco Umbral pasó desapercibido en su momento, y que fue luego, con los años y los libros siguientes del autor, con los premios y las columnas, cuando Mortal y rosa se recuperó y se apreció, y -de hecho- se vendió. En Cátedra lo incluyeron en su colección Letras Hispánicas en el año 1996.

La muerte de Francisco Umbral en el año 2007 puso en marcha el cronómetro del olvido y de la negación. En España, cuando muere un escritor, no se le pone una calle sino un montón de peros. Sin embargo, mientras Cela parece ir a necesitar todo un siglo para que alguien se acuerde de él, Umbral va saliendo del bache de su fama en entrevistas, reseñas y libros, donde se le cita y ampara. Los jóvenes o más o menos jóvenes lo siguen teniendo en cuenta, lo imitan sin sonrojo y se ponen de su parte abiertamente. Montero Glez, Pérez Andújar, Manuel Jabois, Pablo Gutiérrez

El último en sumarse a este respetuoso duelo literario ha sido Sergio del Molino, cuyo libro La hora violeta se presenta como una obra en coincidencia con el clásico de Umbral sobre la muerte del hijo. No trata Del Molino de hacer otro Mortal y rosa, ni de arrimar su poética a la de un autor relevante, sino que señala sin más, en el paratexto, en el epígrafe y en algunas acertadas páginas de su libro, el hecho brutal de ser un lector emocionado que acaba por entender fatalmente y de una forma más profunda de qué iba el libro que en su día le emocionó.

“Yo, más que nadie en este mundo, sé de lo que habla Mortal y rosa“, leemos en La hora violeta.

En su libro, Sergio del Molino nos cuenta lo que sabe sobre perder al hijo, en una prosa más directa y testimonial que la de Umbral, de menor intensidad lírica. Podríamos decir que hace un periodismo de las entrañas, un reportaje donde el reportero no ha ido a buscar la información, sino que ésta se le ha desangrado dentro.

En ese sentido, es un libro que nos apela más con la verdad que con la palabra, o más con los hechos que con la belleza. Su lectura comparada con Mortal y rosa me da especialmente que pensar: esa pirueta de la vida donde un lector que luego se convierte en escritor acaba por retomar sus lecturas de juventud con su propia escritura, completando un libro con otro libro, entendiendo el libro de otro con el libro propio; entendiendo quizá la literatura finalmente.

“Estoy oyendo crecer a mi hijo” es una de las frases más conocidas de Mortal y rosa -y no encontrarán nada parecido, ninguna verdad poética similar en Joan Didion, amigos-, una frase que uno puede paladear sin ser padre, entender como poesía, pero que sólo será sonido -el sonido del crecimiento- para aquellos que en efecto tienen hijos y los arropan y se acuestan luego pensando en los niños dormidos, creciendo.

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