35muertos, de Sergio Álvarez

Leamos un extracto cualquiera de 35muertos, la estupenda novelota que ha escrito Sergio Álvarez:

“A la Treinta y siete se pasó a vivir una nena con una cara feísima pero con unas tetas, una cintura, unas caderas y un culo tan bien tallados que, cuando salía a la calle, hacía babear a los manes del barrio. Y, lo mejor, la nena no era complicada; semanas después de llegar al Quiroga ya se la habían comido los malandros más importantes del barrio, algunos bondadosos padres de familia y hasta un par de imbéciles que habían tenido la suerte de cruzarse con ella cuando estaba muy arrecha.”

Si les gusta, están de suerte: son 500 páginas todas así. Si les carga, adiós Sergio.

A mí me encanta.

De todas las modulaciones del idioma castellano -o del español-, de todas sus facetas, sus prácticas, sus malformaciones, ninguna me gusta más que la propia de Colombia. Me basta con oír hablar a un colombiano -no me hace falta ni siquiera leerlo- para correr a proponerlo para el premio Nobel… de lo que sea.

Volvamos al parrafito:

“A la Treinta y siete se pasó a vivir una nena con una cara feísima pero con unas tetas, una cintura, unas caderas y un culo tan bien tallados que, cuando salía a la calle, hacía babear a los manes del barrio. Y, lo mejor, la nena no era complicada; semanas después de llegar al Quiroga ya se la habían comido los malandros más importantes del barrio, algunos bondadosos padres de familia y hasta un par de imbéciles que habían tenido la suerte de cruzarse con ella cuando estaba muy arrecha.”

Los destacados señalan, muy exactamente, los momentos en que la lectura se me justifica, me aporta placer, me beneficia; me dice cosas, como que los cuerpos pueden venir tallados o que estar cachonda, salida, con ganas, eufórica o excitada lo llaman en los confines del mapa estar arrecha.

Otro asunto sería si escribir de esta guisa, vertiendo un país en unas páginas, tiene que ver con el orgullo de ser de ese país, con la resistencia al idioma estandarizado que impone el tejido económico del mundo, y si ser colombiano -ser peruano; ser español también- y negar el propio idioma, sus perfiles particulares, no apunta a una clamorosa derrota de la identidad. Miren a ver cómo escribe uno y dónde vive y quizá noten que los colombianos que no viven en Colombia -sino en una beca, en Estados Unidos- tampoco estan en su escritura a favor de Colombia.

Pero yo no me quiero meter en líos.

35muertos, hacia la mitad, me dio que pensar. Se me prefiguró, hasta ese punto, una etiqueta para su poética: literatura latinoamericana ligera. Hay algo en 35muertos -como en Rosario Tijeras, de Jorge Franco– que la aleja del escalón que ocupan los autores canónicos de la narrativa sudamericana, los Borges, García Márquez, Vargas Llosa; los Macedonio, los Felisberto; incluso de un Manuel Puig o un Fernando Vallejo. Hay un tono en Sergio Álvarez -el mismo que encontramos en Jorge Franco- claramente menor: es feliz, se entusiasma, no hay desolación. A pesar de los 35 cadáveres del título, en la novela no hay trascendencia, pliegues; peligro. Uno puede leer esta novela sobre la etapa más sanguinaria de Colombia sin sentir apenas un estremecimiento. ¿Será eso lo que la rebaja, un par de octanos, respecto a Pedro Páramo o La vorágine?

En cualquier caso, leídas 300 páginas, pensé que la cosa no daba para más y, sin embargo, la segunda mitad del libro se vuelve más honda, más dramática, verdaderamente mejor. Hay pasajes que funcionarían a la perfección como cuento independiente, y no malo, y reflexiones sobre la matazón de la Violencia que acaban poniendo los pelos de punta. El libro, en conjunto, resulta avasalladoramente festivo, pero quizás las páginas que apunto lo elevan a su vez un par de pisos por encima de Rosario Tijeras, un libro que, en mi caso, apenas aguantó una relectura.

Los 35 muertos de la cubierta no los contó uno, porque estaba muy ocupado contando los polvos. Aquí se folla, se coge, se “tira” cada cinco páginas y yo creo que polvos hay en35muertos más que muertos; muchos más. Algunas frases sobre sexo, para que se vayan calientes del post:

“Pensé que después de haberme dado dedo tan rico se merecía un polvo.”

“Ya era hora de que llegaras, estoy muerta de ganas de que me la hundas.”

“Empecé a coquetearle, a dejar que me rozara los senos y que me pegara la verga dura al vientre, lo dejé acariciar mis nalgas y le sonreí insinuante cuando terminó la última canción y caminé hacia el baño.”

“No iba a tener más sexo a medias, acababa de entender que hacer bien el amor era una parte importante de hacerse comunista.”

Y otra cita -la última-, que puede servir como divisa de toda esta novela:

“Solo poníamos los pies sobre la tierra para bailar.”

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6 respuestas a 35muertos, de Sergio Álvarez

  1. Buah, me apunto a los del “adiós, Sergio” por cargante: hasta el sexo se beneficia de una dosis de frialdad minimalista (algo que deberían aprender estos escritores latinos de los estadounidenses que les dan las becas).

  2. Dr. Diable dijo:

    “Pensé que después de haberme dado dedo tan rico se merecía un polvo.”

    Sólo por esto la leo. Aunque sea una puta mierda. Me da lo mismo.

  3. Lansky dijo:

    “No iba a tener más sexo a medias, acababa de entender que hacer bien el amor era una parte importante de hacerse comunista.”

    A mí también me gusta el colombiano, sobre todo el de Bogota, y follar y los comunistas de base, pero la frase de más arriba es de las más gilipollas que he leído últimamente; al menos así, fuera de contexto

    • Jonan dijo:

      “No iba a tener más sexo a medias, acababa de entender que hacer bien el amor era una parte importante de hacerse comunista.”
      Coño, ahora entiendo el rollo ése de los escraches…

  4. El comentarista arrecho dijo:

    Pues a mí también me arrechan las colombianas solo al oirlas, pero eso de la “arrechura” se me antoja más peruano que otra cosa…

  5. Carlos Soler desde Bogotá dijo:

    Muchachos, arrecho en Colombia tiene dos acepciones; por un lado, el más poplar y casi que generalizado de “estar caliente”, “con ganas”, etc, etc; por otro en en departamento de Santander es sinónimo de dificultad.

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