La poesía, señor Fidalgo, lady Castañón, mademoiselle Miguel, monsieur Neuman, don Recaredo, Alba-san, mister Clark

Puta poesía.

Me he hecho, me han hecho llegar, me han deshecho en versos este mayo varios poetas y liróforos, que es lo mismo pero redundarse alarga la frase y esto iba de alargar la frase, el aliento, la literatura.

Como ocho. O siete. No los he contado: vean arriba, en el título, y vamos con ello.

Pablo Fidalgo, para comenzar. Después de La educación física, tan señalable, Fidalgo ha ganado con 1/2 poemario el premio de poesía de la Comunidad de Madrid, que se llama Arte Joven por eso de que los autores no han tenido hijos todavía. El poemario es La retirada, y puede leerse aquí. Sigue, este versario, la pauta íntima del debut de Fidalgo, esa mezcla de narrativa y sentencia emocionada, un biografismo de baja intensidad -nada es dramático, tan dramático, ni visceral-. Se trata, en verdad, de revisitar y revisar la propia vida, en este caso sus comienzos, la concepción misma, un punto de partida de la propia existencia que como punto de partida del poemario es todo un acierto.

Andrés Neuman publica Patio de locos y No sé por qué, titulado justamente al revés de como acabo de escribirlo. Dos poemarios en un solo ISBN. No se por qué son variaciones con ese pie ignorado como consigna o timbre; el poeta -que dirían los reseñistas de poetas- no sabe por qué esto ni por qué lo otro, y a partir de ahí sapiencia la vida, sabe finalmente. En Patio de locos los poemas se recluyen en un frenopático, quizá para decir que el poeta es loco y que hay que encerrarlo aún más en sí mismo, que es un pesado. Este otro poemario practica el homenaje o la alabanza de la literatura, del escritor -ese orate-, y es que un novelista un poeta uno que escribe es siempre un pirado que manda cartas sin dirección. Con todo, yo a Neuman la extraño aún un poemario precisamente irracional, unos versos menos inteligentes y menos controlados, un poco más de carnaval, extramuros de su propio talento.

La otra hija es el enésimo poemario de Sofía Castañón, reincidente en esto de sacrificar bosques en favor de los versos. La buena literatura es antiecológica; la buena literatura acabará con el Amazonas. Es el medioambiente femenino -sin segundas- lo que riega y trabaja Castañón en La otra hija, diálogo lírico de madres y tropiezos, “Yo también repito los errores / de las mujeres que admiro”, de vómitos y sal en la tequila (sí, “la”), porque todo aquí es más mujer y menos maquillaje, los suburbios del árbol genealógico.

Paredaño a La otra hija sale Parentesco, de Alba González Sanz, también del Norte del país y del Sur del cuerpo. En Parentesco todo es gineceo e infancias, consejos y cómo los consejos a las hijas acaban en iconostasios decaídos: “Los dioses eternos / de la infancia / envejecen”. Los lazos familiares también envejecen, esto es, se aprietan cada vez más alrededor del cuello.

Luna Miguel, otro. La tumba del marinero es un poemario bastantito. Bastantito de largo y bastantito de bueno. Titubea menos, escribe más, inventa más. Hay poemas aquí muy bien pensados, o muy bien sugeridos. Tal que “Monogamia”, tal que “Museo de cánceres”. La tumoración da cuerpo al poema, lo ensancha para bien con su malestar. Esto es crudo pero no de la crudeza estética del punk y de la provocación, sino del rondó de la enfermedad por la vida de la joven. Cuanto más escribe Luna Miguel, más acierta. Quiere decirse que en su brevedad japonesa no acaba uno de hacer pie, que un poema de tres versos es demasiado abismo abierto en la página, y que cae en balde; pero que, cuando se pone de prosas, se coloca de renglones, y ocupa los anchos márgenes de su rabia, mola.

Recaredo Veredas hace también prosas poéticas, de 1/5 de página, con su Nadar en agua helada. Es poesía apretadita, de impresión y apunte, mayormente del natural y con coda filosófica. Son poemas que hay que leer mucho -o sea, letra a letra- para encontrar dónde se nada y dónde se congela lo líquido (sin tilde en dónde también vale la frase). Todo es frío y preciso, algo álgido, en la miniatura de las mañanas, las sábanas, los caminos y los raíles que aquí se precipitan. Todo es misterio, en la transparencia.

Y Ben Clark. Este superhéroe poético, salmantino de Ibiza macerado en gin, saca de incógnito unos dodos, unos bichos, unas alimañas. Obviamente el libro va de amor. El amor del dodo son poemas para otros y de otros y con otros; no en vano se habla de tú desde el verso y se sueltan sujetos plurales, ese nosotros entre la nostalgia y el fusilamiento. A veces hay que hacer poemas de amor aunque no tenga uno su teléfono. A veces hay que leerlos.

Esta entrada fue publicada en Poesía y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La poesía, señor Fidalgo, lady Castañón, mademoiselle Miguel, monsieur Neuman, don Recaredo, Alba-san, mister Clark

  1. Dr. Diable dijo:

    Apunto el nombre de los desconocidos no vaya a ser.

Los comentarios están cerrados.