Incendiario, de Bárbara Butragueño

La feminidad mal entendida empieza por una misma, y así hay tantas chicas escribiendo sobre lo que no entienden, para seguir sin entenderlo y sin dar otra cosa al mundo que un balbuceo atónito, un cuaderno de comunión, unos corazoncitos con las íes en forma de corancito, uf.

Incendiario, el primer libro de poemas (creo) de Bárbara Butragueño, nos devuelve la poesía mejor, la mujer mejor también, esas voces verdaderas de la chicas que saben diseccionarse, y hacerse pupa.

Lo he tenido que leer dos veces para evitar que me pareciera excepcional. Dónde quedaría mi prestigio castigador si dijera que es excepcional; muy bueno es.

Las grandes escritoras no escriben sobre sus sentimientos -las malas escritores escriben sobre sus sentimientos-, sino que escriben sobre su cuerpo. Es el cuerpo la poética nuclear de una que quiere escribir, porque no va a encontrar más a mano un misterio mayor. Resolver el propio cuerpo es ya resolverlo todo.

BB nos plantea crucigramas con el cuerpo, con la sangre y la progenie, en un surrealismo clásico de Aleixandres y Nerudas, veteado de versos sentenciosos tipo Valente o algún francés. Aquí se habla de caídas todo el rato, de cosas que arden y de viajes verticales. Este es un poemario acerca de la altura desde la que puede uno precipitarse si se sube a su propio cuerpo a instaurar incendios.

Todo muy inmejorablemente Alejandra (Pizarnik).

Así: “Has entrado en mis ciudades arrasadas / tanteando los objetos con tu hábil mansedumbre/ y me miras como quien grita que viene en legión / a hacerse himno/ a romper mi fuselaje / a temblar con sus dedos la pureza que me queda”.

Rebajado de signos de puntuación, el discurso fluye en tropel y en armonía, alocadamente controlado, con la música del bombardeo. Hay binomios deliciosos (“yo, mujer de plagas y edificios”) e imágenes admirables (“peces serviciales que sólo han recorrido en esta vida el trayecto de ida hasta el anzuelo”), un gusto por la palabra que es atronador y es táctil.

En un prólogo se nos dice que Bárbara Butragueño escribió Incendiario con 23 años. Nunca se escribe mejor.

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