Los versos del hambre, de Sara M. Bernard

Sara M. Bernard (pseudónimo) autoedita Los versos del hambre, que comienzan con un simpático: “Hola, qué tal.” Pues mal.

Muy mal.

De puta pena.

En ellos, en prosa, nos cuenta su vida laboral, su currículum de impagos y puerta fría, periodismo de provincias y frigoríficos desoladores. Es todo bastante crudo.

Esta crudeza, casi milagrosamente, no cae en el victimismo, pues Sara es una víctima encabronada, y el encabronamiento -lo sabe dios- es una forma de orgullo.

Esto no es literatura, no es una novela -no son versos, coño, que es prosa-; no es un diario al uso de los escritores que escriben sus putos diarios; no son memorias. Es: testimonio. So simple.

El testimonio, que también viene con palabras, no es literatura porque es mensaje; parece lo mismo -lo venden igualmente en Amazon, vamos-, pero hay diferencias con una historia, unos cuentitos, incluso un testimonio literario. Las diferencias son una: que el autor del testimonio sabe que tiene razón. Está loco. Loca. Sabe la loca que tiene razón. El escritor no sabe cuándo tiene razón -luego se la dan o no-, lo que sabe es que sabe escribir. Distinto.

Como testimonio (Hola, qué tal), lo de la Bernard me ha gustado mucho, incluso puedo decir que me ha emocionado, y eso que uno no está para emocionarse porque está para cosas serias. La autora nos habla -ya lo dije- de sus trabajos, uno por uno y con su año y casi con el nombre de la empresa que la explotó, la engañó o la dejó sin cobrar. Sale un buen catálogo de putadas laborales en este libro, un buen surtido cuétara de galletas y gallitos.

Yo qué sé, una cita:

Peso 48 kilos por el estrés y el exceso de trabajo, pero no podré hacerme analíticas porque mi tarjeta sanitaria está desactivada.

Otra:

Ni siquiera hablo de una vida acomodada, con lujos como vacaciones, ir al cine, comprar libros, estudiar algo por placer de conocimiento o tener ropa nueva para ir a la moda. Hablo de comprar ropa que realmente hace falta, porque sólo tienes un par de zapatos y se han roto.

Dedicada a Espido Freire:

Hubo un tiempo en que la prensa hablaba de los pobres “mileuristas”, trabajadores con “ridículos” sueldos de apenas 1000 euros al mes. (…) esa cantidad no la vi hasta tres años después de esa moda. ¿Los que bautizaron el mileurismo, dónde vivían exactamente?

¿Por qué testimonio y no literatura? La propia autora nos da pistas sobre el asunto:

Imaginen, la amante de la ficción (e, incluso, de la ciencia ficción), escribiendo no ficción. Así está la cosa.

Así.

Esta entrada fue publicada en Diario, Feminismo, Memorias, Narrativa 2013, Rareza. Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a Los versos del hambre, de Sara M. Bernard

  1. Anónimo dijo:

    Lo guay (y +propio)hubiese sido comenzar: “Ola, ke hase?”

  2. Tiene muy buena pinta el libro que comentas. Un saludo.,

  3. Milgram dijo:

    Bestia, es “Ola k ase”. ¡Las normas! ¡Las normas!

  4. Lo guay (y +propio)hubiese sido una buena foto-tetas para el post. ¿Y mi foto-tetas?
    El “Ola, k ase” es gracioso para la red, pero ya está muy pasado de moda, Anón.

  5. Gilipollas dijo:

    Gente que enlaza su Twitter o su Facebook en su nick. ¿Tan desesperados están de contacto humano? Esto es internet, salgan a la calle o acepten que van a morir solos.

  6. Anónimo dijo:

    Ola k ase? pasado d moda? vaya, no lo sabia… ¿y el juego del Pou? ¿y las fotos de gatitos?

  7. Pero qué gentuza, demonios.😀 Es la manera más rápida de comentar en WordPress, se enlaza automáticamente con el perfil del Tonter o FB, no es manual, y… bah, aprendan solos, que es fácil.

Los comentarios están cerrados.