Cuentos de antolojía, de Juan Ramón Jiménez

Una cosa rara, este volumen, de ésos -volúmenes, libros, rarezas- que te encuentras por los pasillos polvorientos de las bibliotecas: si los limpiaran, hubieran tirado justamente este tipo de libro.

Edita, quién edita, algo como Clan Editor o Ediciones Clan; el año es 1999; el prólogo es de un sospechoso Juan Casamayor Vizcaíno. El libro trae dibujitos, la portada troquelada para se vea otro santo dibujito, no hay ges (jilipollas) y debajo de la mayoría de los breves cuentos aparece la palabra “inédito”.

Casi parece una falsificación, un apócrifo, un hipógrifo, un hipocríta. Pero no. Hay pruebas, hay ediciones posteriores y anteriores que demuestran que, amén de con los poemitas, Juan Ramón Jiménez desaguó su hiperestesia (etc.) con cuentos.

Muchas veces, estos cuentos son semblanzas, anotaciones, pájaros pillados al vuelo y vuela la pluma tras las plumas rastreras (y tal): todo lírico y transparente. Salvo dos o tres con trama, aquí lo que importa es la prosa, muy cacheada de adjetivos. He anotado los cuentos que me gustaron más para copiarlos del google, pero los cuentos de JRJ no aparecen en google. Así es la hiperestesia.

Son (título más primeras frases):

La niña muerta: “Qué triste aquel poquito de sol que quedaba en el cementerio cuando entraron la muerta”. [“entraron la muerta” ya nos remite a un uso muy característico del castellano; “poquito”: a lo popular]

Borracho: “Entró tambaleándose, hinchada la cara, rojo hasta lo alto de la frente, con una alegría tristísima, que se veía que antes había sido tristeza alegrada, intentando sonreír su boca bajo la pena que la conciencia alerta dónde no había abandonado en lo inconciente.” [poemático comienzo que acaba, por desgracia, en la más absoluta confusión]

La hermana (Madrid): “Lo detuve en la avenida. Venía deprisa por el jardín puro matinal, llorando, sucio y miserable. La cara astrosa y joven, casi adolescente, se le iba en las lágrimas –negruzca, enfermedad, vino, miseria-.” [impresionismo; cinco estrellas]

El pobre mono: “La tarde de primavera era ya larga y, en la hora del sol alto, sonaba ya por la calle el pandero de los húngaros.” [sonaba, sí]

Domingo de dos: “Calle abajo, llegó primero, cantando, el joven, un hombre alto, delgado y cobrizo, de barba y melenas de años, mugriento hasta la confusión total.” [!]

Desmonte interior (Madrid compasión): “Todavía a estas cinco de la tarde, el sol de invierno da en este gran solar irregular y oblicuo que el derribo ha dejado como una plaza enferma, como una calva de pelagra, de tiña, en la ciudad, cuyos altibajos muestran una hierbilla rala, pisada y sucia que, en este sol que todo lo hace dulce, alegra un poco el alma, transeúnte obligada de estos parajes, con ese afán de la naturaleza de aparecer por todas partes, de naturalizarlo todo.” [excepcional: lo mejor de la prosa de JRJ es cuando no cuenta nada; cuando describe]

El antimaricón: “Él no era maricón, invertido, homosexual. Pero un criticuelo de la categoría moral más baja, el deficiente público número uno español, publicó un folletón intentando con torpe juego de palabras colgarle el sambenito, diciendo que los jóvenes poetas maricones eran sus discípulos también en eso.” [!!!!!!!!]

En Walusia y Marylín, esta frase tan sugerente: “Cuando tengas quince años –dijo él, riendo-, bien vas a dar que hacer”.

Esta entrada fue publicada en Antañón, Cuento, Imprescindibles, Rareza y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Cuentos de antolojía, de Juan Ramón Jiménez

Los comentarios están cerrados.