La fila india, de Antonio Ortuño

Parece que hay una moda un subgénero un filón un dolor un relato nuevo en México: es este: el segundo grado.

Está esa fábula de tantos y de Lucanor, sobre un filósofo pobre que recoge putas las hojas del suelo, pero detrás de él va otro filósofo que recoge las hojas que él no quiere. Pues esto es igual, pero con personas: los inmigrantes.

Los llaman migrantes, allá en México y Centroamérica, y basta un título de un libro de crónicas de Óscar Martínez para ir viendo hasta dónde se hunde la desgracia: Los migrantes que no importan.

Pensamos, y se ha narrado ya, y se han hecho las películas, en mexicanos cruzando la frontera con Estados Unidos, en noches, alambradas, haces de luz de las linternas y, venga, ladridos de perros. Ahora en México, en su literatura atentísima, se han dado cuenta de que esos mexicanos migrantes y sufrientes son, al cabo, privilegiados. Privilegiados si los comparas con los que, además de cruzar la puta border USA, tienen que cruzar todo el jodido país de México. Ni siquiera salían en las noticias.

Antonio Ortuño, único Granta mexicano de aquella, tras novelas aquí y allá y hasta en Anagrama, nos sale ahora en Hotel de las letras/Océano con La fila india, novela seudocoral y fragmentaria y mosaico todo del puto infierno: con cabeza.

El relato, la crónica sanguinaria, ya estaba hecha -esto me lo voy inventando mientras lo escribo- cuando Ortuño se puso con su novela, pero faltaba la literatura, esa modulación de lo real en pos de algo que no sea sólo decir la gente sufre (periodismo).

Así, nos viene con estas prosas variadas (mosaico), perfectísimas y sustantivas para contar la historia de una “funcionaria” que, con su hija a cuestas, y el marido soltando pestes en cursiva, ha de hacer censo de cadáveres compatriotas en una degollina flamígera fruto del gusto de algunos mexicanos por exterminar al paso a los migrantes de Honduras, Guatemala o Nicaragua.

Dice el ex marido en cursiva: Los centroamericanos interesan ligeramente menos que las mascotas de los futbolistas y mil veces menos que los muertos verdaderos, los muertos nacionales.

La novela diagrama la sociedad mexicana con donosura (“Los niños pobres de Santa Rita usan nombres dignos de cantantes del mar Caribe. Los niños ricos, de peones del siglo XIX”), con dureza (“que levanten la mano quienes se consideran dignos de ser confundidos con hondureños”), con parodia (“La CONAMI expresa su más enérgico repudio a la agresión en contra de migrantes…”); o sea, la diagrama bien.

La fila india -como Amarás a dios sobre todas las cosas, de Alejandro Hernández– se inscribe en esa moda subgénero filón dolor de ahora mismo en la literatura mexicana: los migrantes centroamericanos.

Mejor no comparemos.

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Una respuesta a La fila india, de Antonio Ortuño

  1. Anónimo dijo:

    pero Juan, por el amor de dios…

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