Ghostman, de Roger Hobbs

Me ha llamado la atención, la maldad, la atención que en la solapa de este libro publicado en la serie negra que dirige Fresán para RHM –Roja y negra no figure la fecha de nacimiento del autor, cuando, por la foto, por ser primera novela, tan viejo no debe de ser: pues resulta que Roger Hobbs tiene 25 años (born in Boston June 10, 1988), una vergüenza, un insulto, traducido ya a 14 idiomas y con película viniéndosele encima.

Normal. Ghostman es como  Breaking Bad -metanfetamina- y como Ocean’s Eleven -robar casinos- y como tantas otras películas y/o series comerciales buenas. Es todo tan entretenido.

La cosa, el libro, es pura artesanía del espectáculo: capítulos breves, acción constante, diálogos malotes, una frase al final de cada cap. que te deja en puras ascuas; cine por escrito, o sea, literatura menor mayormente.

Lo de Roger, su éxito, yo me lo explico porque el libro, con ser entretenido, es como que aprendes cosas del mundo; del mundo del crimen -en realidad, no sabe uno si todo esto (burladero, ghostman, timonel, mochila de fuga: términos lumpen del libro) se lo ha inventado el Hobbs o es de veras cómo funciona el delito en Atlantic City-, y eso, como lector, da cierto placer. Así -por terminar- este Roger Hobbs practica lo que podríamos denominar el subgénero “novela negra técnica” dentro de la literatura noir de nuestro tiempo, tan trilladísima; como pruebas, estos cachos del texto:

Dentro había un revólver barato, un Colt calibre 38. Era un modelo antiguo, negro mate, con la espuela del martillo limada. Lo llaman “funda de almohada”. La espuela se lima para que el martillo no se enganche en la tela de la almohada y te vuele los sesos. La culata estaba forrada con dos vueltas de cinta americana.

En sentido literal, no hay tal cosa como un silenciador. Un arma hace ruido siempre, porque la bala, empujada por los gases en expansión, rompe la barrera del sonido al salir del cañón. Un silenciador enfría y absorbe parte de los gases y mitiga el estruendo del disparo. Pero ni siquiera un silenciador de calidad suena como el escupitajo de las películas, sino más bien como el restallido de un látigo o el golpe de un listín telefónico que cae al suelo. La finalidad de un silenciador no es liquidar a alguien sin hacer ruido. La finalidad de un silenciador es evitar que el tirador se quede sordo.

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Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón

Eloy Tizón es el mejor cuentista español de todos los tiempos. Eso, para empezar.

Técnicas de iluminación es un libro extraordinario. Esto, para acabar.

Entre medias, llámalo crítica.

La crítica empieza recordando que Eloy Tizón llevaba sin publicar desde 2006. Siete años. Siete años -esto lo hemos dicho ya alguna vez- que pueden ser años de hijos, años de manicomios, años de saltar a la comba: no necesariamente años de estar escribiendo el libro que vendrá. Ignoro si Tizón escribió los diez cuentos que componen Técnicas de iluminación desde 2006, a uno y pico por año; ignoro si los ha escrito todos el año pasado. No importa: no tengo tan claro que mucho tiempo escribiendo beneficie más a lo escrito que mucho tiempo, justamente, sin escribir.

La crítica continúa informando: Eloy Tizón, como tantos, tuvo una desgracia liminar, un primer paso fatídico: escribir un gran libro. Velocidad de los jardines es ese libro de cuentos que, desde 1992, venía diciéndole a Eloy Tizón que ya estaba, que gracias, que para qué más. El escritor quiere escribir, pero muchas veces sus propios libros quieren que se calle, que no adultere una obra recibida como lo mejor que puede hacer un hombre.

Técnicas de iluminación es mejor que Velocidad de los jardines, lo cual viene a significar que Eloy Tizón es mi dios. Gana a los puntos, eso sí -y nos permitimos la frivolidad de subir a un ring dos libros como si fueran dos negros musculosos y bellos-, pues, quizá, el propio relato Velocidad de los jardines será por siempre el mejor relato escrito por nuestro autor; sin embargo, salvo una breve y extranjera (Volver a Oz), todas las piezas de Técnicas de iluminación son de calidad equidistante, equilátera, de predilección inútil: me quedo con todos.

Arranca el libro preludiando, a la manera de Velocidad. Esta vez, en lugar de la advocación de Nakobov, se busca la de Robert Walser: el paseo. Fotosíntesis. El cuento no cuenta nada, no va de nada, no hay trama, y ahí vemos a Tizón desnudo a la manera de Juan Ramón Jiménez, dando de lado los argumentos, porque aquí hemos venido a levantar en lírica un mundo. El riesgo de escribir de nada (Swift), de hacer que nada suceda (Auden), es el riesgo que toma Tizón para devolver a la literatura su especificidad, muy revuelta estos días con tanta gente escribiendo sobre Lehman Brothers, los parados y las camionetas de reparto del pan: la literatura no es testimonio, es eternidad.

El bache, el empacho, la charca de cieno bonito viene en el segundo cuento, igualmente marfil y plata: hasta este lector devoto, con Merecía ser domingo después de Fotosíntesis, se mareó de metáforas, de palabras y huecos, de ese gran vacío material que abre en la cabeza esta prosa en volandas. Y ahí, el pensar el cuento, la técnica, las técnicas de oscuridad, pues no es fácil saber cómo lo hace Tizón, cómo circula la historia por el subsuelo del texto, desdeñada cual raíces, bocetos o ceros. Primeras conclusiones: la enumeración: Tizón enumera, hace inventario de lo real, muy atento al objeto, a la pequeña pista de la vida, con lo cual arma casi siempre más de la mitad de sus cuentos; tal que así:

Sobra decir que la maleta de Tricia era mucho más voluminosa que la mía, el triple o más, pese a lo cual nunca era suficiente y parecía siempre a punto de reventar por sobrepeso, hinchada de tejidos, de tarros de aloe vera, de diccionarios de sinónimos, de botines, de desayunos, un rizador de pestañas, una plancha por si acaso.

Las enumeraciones son constantes, pero no rutinarias; no se enumera para informar, sino para voltear el idioma; una lista de objetos, en Tizón, es una lista de palabras, palabras que casualmente nombran objetos, pero eso es lo de menos. La lógica de la enumeración, por ello, no es la lógica de inventario del gran almacén, sino la lógica de la seducción literaria. Esta seducción está siempre coqueteándote desde lo imprevisible, desviando tu lectura del camino trillado: si dice “aloe vera” uno aguarda “gel” o “champú” o “perfumes”, y no: “diccionarios de sinónimos”. Ahí el autor nos sorprende, nos pone en vilo; y luego viene “botines”, “desayunos”: la frase tiene ya la fuerza de lo imprevisto; momento en el que entra la sintaxis, un nuevo regate a las expectativas: “un rizador de pestañas”, artículo indefinido. Con una frase, hemos dado la vuelta entera al lenguaje.

Más conclusiones, al seguir leyendo, al caer en Ciudad dormitorio, La calidad del aire, Los horarios cambiados, Volver a Oz: a veces, hay tramas, se ofrece una triangulación de datos, el tablero tradicional de la narrativa. En Ciudad dormitorio sabemos que la protagonista es una mujer, y cómo es esa mujer y más o menos a qué se dedica (dependienta); hay un mínimo conflicto con su jefe, con una caja cerrada y, por dentro, parece que viva. Nunca sabremos lo que hay en la caja -obviamente-, pero tampoco llegará a importarnos: en este relato, el estilo sigue derrotando al personaje.

Un estilo -para acabar con ello- que siempre nos pillará con el pie cambiado, pletórico de recursos. El más destacado, después de la enumeración, y el más brillante, es algo que podemos llamar binomio, parejas de adjetivos o de nombres, juntos en el papel, separados por una conjunción, pero a galaxias de distancia en nuestro orden mental: “deposita allí la blancura y el futuro”, “desangelado y extranjero”. También las superposiciones, entradas bruscas de discursos ajenos al tono matriz: “nosotros no podíamos entenderlo, con nuestros pelos revueltos, qué sed, qué hambre, qué todo”. Las metáforas I de R (tan Neruda y Umbral): “La mañana espesa de oficinas, lenta de parvularios, arenosa de aparcamientos.” Y los tropos, siempre justificados: (un hombre encuentra una nota de su mujer en la que le dice que le abandona y le explica que la causa es otro hombre y subraya “otro hombre” dos veces): “tu esposa infiel te ha abandonado por un hombre subrayado dos veces”, dice páginas más adelante. 

Llega Alrededor de la boda, el Velocidad de los jardines de Técnicas de iluminación, un relato donde quiero descubrir el tema de fondo de todo lo que escribe Tizón. Y ese tema tiene que ver siempre con la felicidad, con la plenitud, con el entusiasmo. Ya los propios cuentos, muchas veces, parecen escritos con el cuerpo (Lispector) y, sobre todo, con un cuerpo en celebración. Alrededor de la boda consigna ese ambiente nupcial, de banquetes y cuñados, de alcohol y evanescencia, que se genera en torno a un desposamiento. Ahí está el mejor Tizón, eludiendo el conflicto, la desgracia, apostando todo a la felicidad. Rabiando porque esos momentos de dicha, de tolerancia, sean eternos: y entonces los escribe.

Ese es el tono Tizón, una épica adolescente, lo bíblico sin castigo, desintegrarse.

“Si soy más feliz me desintegro”, decía en algún sitio de Velocidad de los jardines.

Manchas solares: seguimos. Y llegamos a El cielo en casa, un relato largo, memorable, sobre dos mujeres, artistas o lesbianas, locas, jerárquicas. El nombre de Usted utilizado para denominar a una ellas resulta una herramienta fascinante de ambigüedad sintáctica (a la manera de “mi nombre es Nadie”, en La Odisea). El resultado deja a la misma altura el estilo y la historia. Cómo no rendirse: “Usted tenía su apartamento, un ático espectacular en Corazón de María, decorado con ampliaciones fotográficas de boxeadores, campeones del mundo de los pesos pesados, gente así de rara. Le atraía, dijo Usted, la sangre, la violencia física, las narices partidas, los huesos rotos, la voluptuosidad tropical de los tatuajes, la santidad del dolor”.

Nautilus: el último.

Hay pocos libros que hoy en día y a mi edad me apetezca leer palabra-por-palabra. A fin de cuentas, muchos de ellos ni siquiera están escritos palabra-por-palabra, sino cliché por cliché o tontería por tontería, sumando cachos del periódico y fotos, informes y cháchara de carnicería. Técnicas de iluminación es todo poesía precipitada, química; droga.

Éxtasis.

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Vintage, de Marta Sanz

No acabó uno de pillarle el punto al anterior -y reversible- libro de poemas de Marta Sanz, Hardcore/Perra mentirosa, quizá porque era tentativo, o porque era como anti-poético, o porque se mareaba uno dándole la vuelta al libro en busca de la primera página: repito que eran dos libros editados en uno, pero no seguidamente, sino bocabajo o machihembrados o, en fin, al modo de La cara interna del viento, de Milorad Pavic, por mentar uno de estos libros de dos espaldas.

El caso es que Vintage, recién salido, está muy bien -tanto como su cubierta, ilustrada por Bárbara Butragueño-. Tampoco hay aquí mucha metáfora -o ninguna-, ni mucha métrica ni composición hacendosa del poema; pero hay una honestidad arrasadora. Desolante.

Yo es que la honestidad la valoro mucho, incluso si viene en verso.

Vintage va de envejecer, como ya sugiere el guardarropía. Es como un dietario de la edad adulta, muy adulta, la mediana edad, ese quicio desde el que la vejez se ve venir, y no mola. Cuando hablamos de pudrirnos, hablamos del cuerpo y de las cosas que con el cuerpo hemos dejado de consumar. A mí lo que más me gusta es que las mujeres escriban sobre su cuerpo: nunca me cansaré de decirlo.

“Por el miedo/ de no ser/ deseada nunca/ (…) por ese miedo/ a desaparecer/ del azogue/ de todos los espejos…”

“”Ciertos hombres de mi vida/ tienen un día de suerte/ que siempre coincide/ con mi gusto/ por hacerme daño”

Esto último es potente, no lo nieguen, amigos.

El libro incluye un par de prosas, poéticas porque vienen en un poemario, y también porque, como prosas, son de lo mejor que he leído a su autora. También hay política, pisos de protección oficial, que para eso nos levantamos cada día interviniendo en la sociedad.

Y hay, claro -poniéndonos serios- enfermedad; hablar del cuerpo es o hablar de plenitud o hablar de enfermedad (decrepitud), no hay término medio (bueno, sí, hay libros de cocina por ahí, no siempre en la sección de libros de cocina).

La disposición de los poemas es lilial -¿?-, o sea, delgadita, como las Odas elementales de Neruda, por poner un caso práctico a ojos vista; o como las cosas de Idea Vilariño, señora que gusta mucho por las izquierdas. A Vilariño (“No te veré morir”) es a quien recuerda este otro trozo (y fin):

No sé por qué gasto / mi tiempo contigo.// Tú/ no me vas a cuidar / cuando me muera.

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# cv

Pronto los hombres con experiencia en la cárcel y en la guerra serán los profesores encargados de llevar adelante la administración de las universidades.

Ricardo Piglia, 2013

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A pie, de Luigi Amara

Más México. Ahora, poesía -rimando con- Almadía, la casa editorial, el sello del troquel: sus libros parecen papiroflexia para intelectuales. Mírenlos en el internet.

A pie es un poemario de Luigi Amara que cuenta nomás que el paseo del autor por La Roma, barrio del DF donde a buen seguro no te van a tirotear instantáneamente. Bares, restaurantes, grupos de jóvenes que van a fiestas privadas abrazaditos como juncos; tartas en la mano. Eso es La Roma.

A pie, justamente, poetiza con los pies, de los pies, para los pies, y camina por las linealidades abiertas en tiempos del  flâneur/Baudelaire, con paradas precisas en Walter Benjamin, y llegando a los perfumeros franceses del pensamiento: Barthes et alia. “El paisaje es donde sucedes”. Es todo así de delicado, de etéreo, de transcendental.

“el coche / desmanteló el paisaje / para volverlo una fachada”.

De referencial: si Benjamin nos cuenta que el barón Haussmann era “el artista demoledor”, Amara nos habla de “burócratas ungidos / como nuevos Artistas / de la demolición”.

Y todo, no se lo pierdan, con dibujitos de pisadas y fotografías callejeras, insertadas al trantrán del poemario, que se desliza, sin atender a métricas ni a rimas, como una prosa lírica-filosófica caprichosamente acomodada en versos, “la revolución ambulatoria”.

Aquí -en este país-, el texto nos puede recordar a otros de Agustín Fernández-Mallo: pero quizá más plástico, menos castizo, ni mejor ni peor, quizá sólo definitivo.

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# generosidad

No soy un autor famoso, pero a pesar de eso recibo a veces cartas de lectores que se dirigen a mí para comentar los libros que he publicado. Las opiniones que dan de ellos son siempre elogiosas, pero no porque yo posea un genio literario sobresaliente que no pueda ser censurado, sino porque para decidirse a escribir a alguien con el único propósito de afearle sus obras hay que sentir envidia, rencor o cólera, y esas pasiones sólo las inspiran quienes han logrado celebridad o éxito. La gente es generosa con los perdedores.

Luisgé Martín, 2013

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La fila india, de Antonio Ortuño

Parece que hay una moda un subgénero un filón un dolor un relato nuevo en México: es este: el segundo grado.

Está esa fábula de tantos y de Lucanor, sobre un filósofo pobre que recoge putas las hojas del suelo, pero detrás de él va otro filósofo que recoge las hojas que él no quiere. Pues esto es igual, pero con personas: los inmigrantes.

Los llaman migrantes, allá en México y Centroamérica, y basta un título de un libro de crónicas de Óscar Martínez para ir viendo hasta dónde se hunde la desgracia: Los migrantes que no importan.

Pensamos, y se ha narrado ya, y se han hecho las películas, en mexicanos cruzando la frontera con Estados Unidos, en noches, alambradas, haces de luz de las linternas y, venga, ladridos de perros. Ahora en México, en su literatura atentísima, se han dado cuenta de que esos mexicanos migrantes y sufrientes son, al cabo, privilegiados. Privilegiados si los comparas con los que, además de cruzar la puta border USA, tienen que cruzar todo el jodido país de México. Ni siquiera salían en las noticias.

Antonio Ortuño, único Granta mexicano de aquella, tras novelas aquí y allá y hasta en Anagrama, nos sale ahora en Hotel de las letras/Océano con La fila india, novela seudocoral y fragmentaria y mosaico todo del puto infierno: con cabeza.

El relato, la crónica sanguinaria, ya estaba hecha -esto me lo voy inventando mientras lo escribo- cuando Ortuño se puso con su novela, pero faltaba la literatura, esa modulación de lo real en pos de algo que no sea sólo decir la gente sufre (periodismo).

Así, nos viene con estas prosas variadas (mosaico), perfectísimas y sustantivas para contar la historia de una “funcionaria” que, con su hija a cuestas, y el marido soltando pestes en cursiva, ha de hacer censo de cadáveres compatriotas en una degollina flamígera fruto del gusto de algunos mexicanos por exterminar al paso a los migrantes de Honduras, Guatemala o Nicaragua.

Dice el ex marido en cursiva: Los centroamericanos interesan ligeramente menos que las mascotas de los futbolistas y mil veces menos que los muertos verdaderos, los muertos nacionales.

La novela diagrama la sociedad mexicana con donosura (“Los niños pobres de Santa Rita usan nombres dignos de cantantes del mar Caribe. Los niños ricos, de peones del siglo XIX”), con dureza (“que levanten la mano quienes se consideran dignos de ser confundidos con hondureños”), con parodia (“La CONAMI expresa su más enérgico repudio a la agresión en contra de migrantes…”); o sea, la diagrama bien.

La fila india -como Amarás a dios sobre todas las cosas, de Alejandro Hernández– se inscribe en esa moda subgénero filón dolor de ahora mismo en la literatura mexicana: los migrantes centroamericanos.

Mejor no comparemos.

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# repaso

Me destapo una cerveza, trato de perderme en un libro, la cruda novela sobre la realidad nacional que tantos espíritus sensibles ha conmovido, el mexicano valiente que finalmente estalla y grita: ¡mi madre era una puta, mi padre un violador! Paso las páginas, bien peinadas, no encuentro nada. Hace mil años que sabemos que nuestra madre mamaba mientras nuestro padre le ponía una pistola en la sien. (…) Qué puta mierda todo; arrojo el libro al montoncito de los que se apilan afuera del baño junto con las anteriores novelas crudas o delicadas o valientes que dijeron que leían como nadie las líneas de la mano del país. O todas aquellas vacuas y fantasmagóricas escritas por niños cosmopolitas a quienes les resulta crucial haber meado en Zurich o leído al gran M’Bala M’Bola durante su visita a Mbabane. O todas las otras, que descomponen el lenguaje con la petulancia de quien cree hacerle frente a la realidad al negarla: decoración pura, juegos de palabras para distraer la mañana, juegos de té en torno a la mesita con osos de peluche y muñecas, caricias en la próstata del esnobismo. Insignificancias aplaudidas por liliputienses que mugen y festejan el fin de los moldes desde los suyos propios. Bebo mi cerveza. Nadie sabe lo que pasa aquí, nadie entiende lo que pasa en ninguna parte.

Antonio Ortuño, 2013

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vs: Pavese/Ayesta

El dulce de guinda brillaba rojísimo entre las avispas amarillas y negras y el viento removía las ramas de los robles y las machas del sol corrían sobre el musgo, sobre la hierba suave y húmeda y sobre la cara de los invitados y de las Mujeres y los Hombres, que estaban fumando y riéndose todos a un tiempo. Y brillaban también las copas azules para el Marie Brizard y los cubiertos de postre. Y los lunares de luz -los grandes persiguiendo a los pequeños- corrían sobre el mantel lleno de manchas moradas de vino y migas. Y por las tardes había corrida y los hombres tenían la cara y las mejillas y las narices brillantes. Y también brillaba el café, tan negro con cenizas de puro rodeando la taza. Y los hombres se reían de medio lado porque tenían un puro en la boca y hablaban y se reían como los viejos sin dientes, sacando la punta de la lengua llena de saliva y todo entre una nube azulada de humo.

Helena o el mar del verano, Julián Ayesta, 1952

En aquellos tiempos siempre era fiesta. Bastaba salir de casa y atravesar la calle para volvernos locas, y todo era tan bonito, especialmente de noche, cuando al regresar, muertas de cansancio, esperábamos que aún sucediese algo, que estallase un incendio, que naciera un niño, o quizá que llegara el día antes de lo debido para que la gente pudiera salir a la calle y continuar andando, andando hacia los prados, hasta más allá de las colinas.

El bello verano, Cesare Pavese, 1949

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Obra completa, de Blas de Otero

Qué bello ese adoquín milhojado, ese desplome de papel que le han hecho a Blas de Otero para juntar todas sus cosas. La poesía era, en efecto, un arma cargada de futuro, con forma de obras completas.

Pesa y puede. Blas de Otero es un poeta menor, cercano, que le quieres. Es tan inteligente como tu portero -quien lo tenga- o como tu perro, o como tú mismo cuando eres tonto. Quiere decirse que esto no es Basil Bunting, al que no se le entiende nada, ni TS Eliot, ni tal. Pero tampoco es Antonio Gamoneda, al que se le entiende enseguida que no tiene nada que decir, y por eso lo dice vaciando pompas de jabón.

El tocho principia con prólogo de experto, tan experto que opina que Blas es (sic) uno de los mejores poetas del siglo XX, desde la lógica de que la poesía en español (sic) fue la mejor del mundo en toda esa centuria. Anda, anda. Blas de Otero principia por su parte con endecasílabos correctos y sonetos, que era su gran pasión métrica y decimal, el juego para el que vivía. Los sonetos de este señor fluyen, como aquellos de Quevedo o Lope o Góngora -a los que copia todo lo que puede-, y sus rimas no quedan ridículas como quedan en cualquier otro poeta, ni el corte y confección del poema de C&A, como en Sabina con los suyos, vamos. Estos poemas, de Cántico espiritual, son como que no tengo voz pero practico la ventriloquia del verso.

Esa voz, ese timbre, ese que le queremos, llega con Ángel fieramente humano (“a la inmensa mayoría”) y sigue con Redoble de conciencia y Ancia y Pido la paz y la palabra, para perderse después en loas a Stalin y Cuba y abaratarse en preocupaciones políticas. Antes de que Facebook acabara con un escritor, el comunismo acababa con un escritor.

Lo de Otero es el ingenio, facilón tantas veces, con trucos como tomar frases hechas -de ahí la comunión con el vulgo- y apegarlas a otra cosa. Se pueden hacer poemas a la Blas de Otero muy enseguidita: por ejemplo, la expresión rutinaria “a dos carrillos” o esa otra de “a manos llenas”: busca un verbo X o un nombre X y apega, apega: “te odio a dos carrillos”, “mi infancia a dos carrillos”, “llorar a manos llenas”, “la muerte a manos llenas”. Chupao.

Luego tenemos el oído de Blas, que es muy rockero, muy de la melodía evidente del castellano. Cuando se pone bravo es fantástico: “Madre, no me mandes más a coger miedo / y frío a un pupitre con estampas”, de Biotz-Begietan, uno de sus grandes poemas: “Escribo y callo”.

Su lema es parecido: “Escribo / hablando.”

Hay que encabalgar. Si quieres hacer poemas como Blas de Otero, hay que dejar las frases para el verso siguiente, con sorpresa. Todo esto viene de Fray Luis de León, de aquello de: “Y mientras miserable-/ mente se están los otros abrasando / con sed insaciable/ del peligroso mando, / tendido yo a la sombra esté cantando”, que es un poema bastante hijo de puta, como debe convenirse.

El libro sigue con los poemarios militantes (“Esta que veis aquí es una poesía partidaria”), que son más malos que yo qué sé, y con unas prosas X que valen poco, pues Blas de Otero, aparte de perderse en políticas, se pierda, sobre todo, en España. Dedica tantos versos y poemas a España como JRJ al cielo o al mar, y es como que le preocupa “España” o ESPAÑA hasta extremos a día de hoy casi circenses. Toda esta generación, tanto de escritores como de cualquier otra cosa, pensaban el mundo por países, en lugar de por marcas comerciales, que es lo que nos toca hacer a nosotros; y así, claro, sus textos nacionales y llenos de Inglaterra y los franceses y “el alemán” dan mogollón de grima. Fin de la reflexión.

En addenda o colofón macarra -que una mano sabia hubiera quitado de aquí- se nos meten poemas varios o inéditos o sueltos, algunos de los cuales dan para mucha lamentación. Quiere decirse que Blas de Otero le hizo poemas -muchos- a la Virgen María, Salutaciones, pero no en plan broma, no; lo hizo en serio. Entonces trazamos esa línea que va de la Virgen María salutacionada a Stalin ovacionado y sus planes quinquenales vueltos poemas de cifras, y no sabe uno qué pensar.

Pero entre medias de toda esta melopea política y mediocre, recuerda uno versos brillantes:

“Me llevan a la muerte ya enterrado.”

“He vivido y he muerto, y he nacido / cien veces; y más veces he caído/ y tropezado, y otra vez alzado / y caído: en resumen, he vivido/”.

“Enfrente/ está el futuro: es todo lo que os dejo.”

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