#intervenir

Qué bueno eres, ¿no? Eso es lo que esperas que diga la gente. Para eso lo escribiste, para que todos sepan lo bueno y lo compasivo que eres, lo indignado que estás con estas cosas terribles que le pasaron a la humanidad, ¿no? Mírenme, admírenme, yo estoy del lado de los buenos, yo condeno, yo denuncio. Léanme, quiéranme, denme premios a la compasión, a la bondad.

Juan Gabriel Vázquez, 2004

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Vida, nacimiento, padres y crianza del capitán Alonso de Contreras

Son muchos, y Pérez Reverte, los que propagan las excelencias de esta novela del siglo XVII; yo la he leído porque la recomienda Rafael Reig.

La he leído en un libro que tiene él mismo muchos los años: 32; es un tomo de La novela picaresca, enladrillado en prosa que Aguilar hizo nosécuándo. Mi tomo es de 1982.

Alonso de Contreras narra su vida, su vida de verdad, y con más juicio de lo que puede preverse en el propio título, donde la vida va antes que el nacimiento, éste antes que los padres y la crianza son dos líneas del primer capítulo; lo demás -160 páginas- es ir al corso, escaramuzar y meter la polla.

Esta novela, fenomenal, no tiene sin embargo de picaresca otra cosa que la pereza del compilador, del historiador de la literatura y de los lectores mansurrones (Umbral). La picaresca, de toda la vida de dios, trata de un imbécil y un pobrehombre, y Contreras, capitán, nos sale y nos queda de chulito folladamas y matamoros. Es lo que se conoce como un buen español.

Ahora sólo hay machos en México, y por eso se salvajea tanto en aquel país, mientras en España los machos lo más macho que hacen es escribir un blog. Pero miren, pinches mexicanos, lo que era un macho español:

Yo, con la cólera, dije que había de hacer lo mesmo de los dos que tenía; dijeron que querían más diez cequíes que treinta moros. Y así, delante de ellos, les corté las orejas y narices y se las arrojé en tierra diciendo: «Lleva también éstas», y atándolos espalda con espalda, me alejé hacia la mar y los arrojé a sus ojos.

Contreras, según cuenta, mató primeramente a los 14 años, a otro niño. Luego no paró de matar y por eso se hizo militar, para no malbaratarse lo hijoputa:

…acerté a estropear a uno de ellos, que era el cabo, que se iba muriendo de las heridas, y antes que acabóse lo ahorqué de un pie y colgado de él entré en el puerto donde estaba toda la gente de la ciudad en las murallas…

De esta hijoputez habían de beneficiarse también las mujeres:

En este tiempo me aficioné de una mujer casada, que fuimos amigos algunos días, y otra a quien yo conocía, también casada, traíame en cuentos de celos, tanto que me obligó a hacer una ruindad que, por tal, la cuento. Y es que me fui a su casa, delante su marido, con resolución de cortarla la cara.

Al macho no le pones tú los cuernos, nena:

Estuvimos casados con mucho gusto más de año y medio, queriéndonos el uno al otro. ()… Yo tenía un amigo que le hubiera fiado el alma. (…) Los cogí juntos una mañana y murieron.

Nota al pie: el editor nos aclara que en el manuscrito, tachado, Alonso escribió: “Los maté.”

¿No da gusto ser español leyendo estas cosas?

Hay mucho follar y mucho miedo -macho- a ser maricón o que te lo indiquen. Las amenazas son a lo Pulp Fiction total:

Aunque en rebeldía, supe que Solimán de Catania había jurado que me había de buscar y, en cogiéndome, había de hacer a seis negros que se holgasen con mis asentaderas, pues creía que yo me había amancebado con su amiga, y luego me había de empalar.

Y la ropa; los españoles sin Zara sabían más de ropa; ahora no sabemos lo que es un cárdigan ni una bailarinas, que nos lo dice la novia cuando nos las regala por el cumple. Pero Contreras sabía la ropa porque la ropa la robaban todo el tiempo, como si fuera un objeto de lujo, o la carrocería de uno mismo, ese automóvil para circular por San Ginés.

Todo este matarile, folleteo y roperío viene en prosa rigurosamente excepcional. Contreras, como buen español, escribía bien con la punta de la polla. Para esforzarse ya estaba la guerra.

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#crítica

Hoy día la crítica literaria se practica bajo cuatro formas fundamentales. Una es la crítica literaria que puede encontrarse en las reseñas de los libros y el periodismo escrito. La segunda es la historia académica de la literatura, que es heredera de disciplinas del siglo XIX tales como la erudición clásica, la filología o la historia cultural. La tercera es la valoración e interpretación literaria, prácticamente académica pero, a diferencia de las otras dos, no confinada a profesionales o a escritores que frecuentan las páginas de crítica. (…) Y la cuarta forma es la teoría literaria, una materia relativamente nueva.

Edward Said, 1982

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El jardín vacío, de Juan José Millás

Hace el calor y es imposible no pensar sin cesar en literatura; novelas por aquí, putas por allá, estrambotes acullá, metáforas, metadona, mercadona, mercamadrid y todo el mercado de la carne marcada por el hace el calor y olé.

Uno se pone a leer al Millás viejojoven por pura casualidad. A mano tengo Letra muerta y a pan y agua tengo Cerbero son las sombras, empedrado del padre que no  pude desesmpedrar porque todos tenemos padre y es el de Kafka. Ergo.

Viejojoven es un autor cuando se leen las novelas suyas que escribió de joven y que ahora, en la balda, lucen hechas un burruño biblioteconómico de cuidado: lo explico para demandantes; también sepo que burruño no existe, pero no se obsedan.

El jardín vacío, ya desde el título, no es una juerga. Entenderse se entiende más bien poco y es todo muy tristón y claramente clínico. Yo lo veo como un cruce entre Pedro Páramo y la novela instruccional de los franceses gélidos (nuvó román para finos). ¡Tengo pruebas!

A:

-Sí, hijo. Lleva cuidado, no lo chupes que hierve la saliva.

B:

Los peligros y el miedo comenzaban dentro y sobre todo al llegar a la escalera, cuyos peldaños crujían al ser sometidos a la mínima presión. Había que pisarlos con cuidado, evitando el centro, en donde la madera se combaba con tal fuerza que arrastraba consigo algunos de los clavos de sujeción de los lados. Subían despacio y pegados a la pared, procurando no rozar la barandilla, ya que los barandales bailaban en sus puntos de apoyo debido a la holgura adquirida por éstos en los últimos años.

Hay muchos alambres y mucha mecánica, la enciclopedia y los objetos en sí, llamándonos; hay aciertos apabullantes (“La luz no añadió nada al desorden, pero pareció precintarlo“) y errores de glóbulo (“vio con una parte del ojo derecho una sombra…”).

Un libro perdurable, en fin.

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#turba multa

El mejor día, cuando más sol lleváis en el alma, os encontráis con que os odia toda una multitud; habéis hecho, como Abraham, un gran pueblo, pero de enemigos. Porque éstos se engendran unos a otros; el enemigo literario nace también por analogía, si habláis mal de un poeta malo se dan por aludidos todos los que se le parecen. Y además, queda para odiaros aquella muchedumbre de los que os mandan libros que no leéis, a pesar de las dedicatorias en que abunda lo de “ilustre y eminente”; queda para odiaros la turba multa de los periodistas que se creen retratados cuando pintáis al periodista ignorante, atrevido y de intención aviesa; queda para odiaros el pópulo bárbaro de los majaderos que sigue a los necios como otras tantas resonancias del absurdo; y queda para odiaros el dilettante de la injuria; el amateur de la envidia, que ya aborrecen antes de saber a quién.

Clarín, 1886

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#crítico

No me siento crítico si sólo influyo en 500 personas.

Interpretación libre de un artículo de Ignacio Echevarría, 2012

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La amante de Wittgenstein, de David Markson

Obra maestra. Todas las proposiciones valen lo mismo. Una mierda de libro.

Toma como plantilla el Tractatus. No toma como plantilla el Tractatus. Obra maestra.

Basura.

Malherido es igual. Obra maestral, basuril, todas las proposiciones valen lo mismo. Proust es una mierda. George Steiner, Presencias reales. Era de noche, llovía. No era de noche, no llovía. Beckett es una mierda. La misma.

¿Qué relación hay entre lo que se dice y la verdad? Obra maestra, verdad; mierda de libro, mentira. Qué coñazo si después de cada frase hubiéramos de avisar de sus intenciones. Cómeme la polla: ¡era broma! Hitler mola: ¡que no! Pago yo: ¡era un decir!

Todo es un decir. De lo que no se cobra es mejor callar.

Desearía que esta última frase tuviera algún sentido, ya que, desde luego, estuvo a punto de impresionarme durante unos instantes.

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#¡harpía!

En 1908, con sólo diecinueve años, partió definitivamente a Londres, maquinando una cautivadora carrera literaria que había tenido clara desde que era una niña.

De una cubierta, 2000

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Retrato del fascista adolescente, de Antonio-Prometeo Moya

Me ha interesado mucho de pronto y a tutiplén la figura de Antonio-Prometeo Moya. Acaba de sacar libro y pensaba uno -uno cualquiera- que estaba desaparecido desde que publicara libro hace cinco o seis años, cuando en verdad estaba desaparecido desde mucho antes; desde el principio.

1975. APM publica Retrato del fascista adolescente, y Millás, Juanjo, afirma: “Supuso el despegue de nuestra generación literaria”. Voces autorizadas -o sea, con 60 los años ya- atestiguan que aquel Retrato dio que hablar, dio que leer, agitó lo suyo y estuvo en boca de todos los demócratas, que, como se sabe, eran muchos.

2011. Berenice reedita el Retrato, con portada muy similar a la original, y con prólogo incomparable de APM. Un festín. Antonio guión Prometeo Moya escribió estos cuentos entre los 23 y los 26 años, empeño que, a su propio juicio, debe considerarse como el experimento más radical visto en la literatura española desde la guerra civil. Qué tiempos. Uno podía escribir libros con 24 años sin que la fulanía lo menospreciara, considerarse a sí mismo un genio sin mayores pudores y usar la palabra Fascista en el título tranquilamente. Eso da señales precisas del futuro que tenía aún la literatura; de su deliciosa soberbia social.

El libro, en realidad, no me ha gustado. Sólo algunos cachos -niega el autor haber escrito cuentos-. Cachos como Metamorfosis del expresionismo o (cojan el aire): Iniciación a la etopeya de un rehabilitador de delincuentes comunes. 

Lo acabé hace una semana y no sé si me acuerdo de por qué no me satisfizo. Pienso. Pienso que pensé que esto era lo de siempre: el joven adelantado a su propia psique, sobrecultivado, sobreengreído, que vomita literatura sin masticar y piensa que su ilegibilidad va a ser confundida con el genio. Las juventudes hitlearianas de la literatura: quieren que se note que están desfilando, que están escribiendo, que han leído a Faulkner y que les sale sola la esvástica barroca. Es todo estética del golpismo, anhelo de derrocar los nombres propios para poner el propio nombre y seguir con el tinglado. Esto es lo que se me ha ocurrido ahora que lo he repensado.

Lo notable del texto es que no parece viejo, setentón; cualquier joven de hoy lo podía haber escrito con un poco de coca y el diccionario abierto a voleo con la vara de su avaricia, de su hormonal desplante.

Lo usual.

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El hombre que gritó la Tierra es plana, de Roberto de Paz

451 Editores ha hecho honor a su nombre y ha vuelto a publicar a un autor ávido de hogueras, inflamable, fungible en el fuego, desesperante para el librero, traedizo para el transportista, rutinario para el crítico, ignorado por los lectores, el novamás de la ruina literaria y el dios nos coja confesados de las imprentas: un autor español.

Los autores españoles arden bien. Arden sus libros de luego en los saldos, y arden sus nombres de inmediato en los blogs de opinación libresca, que en 600 palabras escritas como un subnormal cuestionan 100.000 palabras escritas contra la normalidad, contra el tiempo viendo la tele, tomando cañas o haciendo cursos de html, todo por la patología esa de querer contar el mundo a quien no quiere que se lo cuenten otra vez, que ya sale muy bien contado en 140 caracteres.

Vamos, que muy bien por 451 y muy bien por Roberto de Paz (1982), cuyo libro voy a poner a parir. Sin el libro.

A pesar de los años, cinco, que lleva uno llevando razón, parece que muchos no se dan de cuenta de que en este blog sale un libro porque él lo pide, porque algo tiene que comentar, y no siempre es el propio libro ni nada literario, que a veces es tan solo la portada o la dedicatoria, pues aquí hemos inventado -amén de prácticamente todo- la crítica literaria extrarradial.

Digo esto porque de la novela de Roberto de Paz -que, simplemente, está bien- lo que más me ha convocado la cuerda ha sido la frase “me regaló un libro infumable de Ray Loriga que dejé al tercer capítulo”. ¿Por qué? ¿Qué raro soy, no? Veamos.

En la solapa de Roberto de Paz dice: “También ha sido mozo de almacén, repartidor de periódicos y mistery shopper”. En la solapa de la primera novela de Ray Loriga, Lo peor de todo, dice: “Ha realizado diversos trabajos (mozo de almacén, empleado en una hamburguesería…)”. 

Veinte años después, y un 11-S y dos anuncios de tampones, aquí estamos con las mismas tonterías de siempre. Mozo de almacén. Ese trabajo, amigos, ni siquiera existe. Ya no existen trabajos con nombres que se entiendan, que ahora somos todos auxiliares administrativos o community managers, ambas tareas mucho peores que la de “mozo de almacén”. A mí es que eso de que los autores nos cuenten sus trabajos bajos en sus elevadas solapas me molesta. Mucho. Qué se supone que tengo yo que hacer con el “mozo de almacén” de Ray Loriga -aparte de creérmelo-. ¿Comprar el libro por piedad? ¿Entender que los trabajos no verbales del escritor han enriquecido su puto mundo creativo? ¿Entender que eres de los nuestros? ¿No era que iba yo a hacer una crítica amable de este libro y se me está erizando la malasangre?

Que el libro está bien, repito, in media eres. Y que luego voy con ello. Pero sigo con.

Porque me he dado cuenta de que los autores conservadores, de derechas, o directamente comerciales, donde el otro pone “mozo de almacén” ponen “vive con su mujer y sus tres hijos en Albany”. Y eso tampoco es literatura. También es repulsivo. Tampoco mola. “Y sus tres hijos”. Siempre son tres sus putos hijos. ¿Virilidad=talento literario? ¿La gente no compra libros de maricones o eunucos? ¿Tres hijos?

Ray. La contracubierta de esta novela dice “Roberto de Paz se atreve a escribir una novela norteamericana”. Olé. Lo único atrevido en España desde Ray Loriga es escribir una novela española, señores. Escribir una novela norteamericana lo hacen hasta los negros de Nigeria.

La portada son unos taxis en Nueva York. [ítem+: El hombre que gritó la Tierra es plana/ El hombre que inventó Manhattan]

En definitiva: dejar constancia expresa en una novela rayloriguiana de que uno aparta a la mitad libros de Ray Loriga supone un estadio casi enfermizo de eso que se conoce como “angustia de las influencias“.

El libro.

Unir puntos es caprichoso y falsario pero hace pensar que todo tiene sentido. El hombre que gritó la Tierra es plana me ha recordado vagamente a No habrá más enemigo, de Sergio del Molino, pues ambas apuntalan sus referentes en la década de los 90 y, claro, sale Matrix y etc. En eso también tenemos que traer a colación Un buen chico, de Javier Gutiérrez, pues en algunos pasajes callejeros de de Paz nos recorre Madrid como el muñequito de googlemaps, nombrando cada castiza calle o plaza, a lo Mañas de aquella.

Esta vuelta al Kronen no sé vosotros, pero yo la veo mejor para el Kronen que para los que vuelven.

También conecta esta novela con la literatura del padre que tanto nos está haciendo llorar estos días literarios nuestros. No sé si las editoriales lo apuestan todo ahora al día de la Madre en lugar de a Sant Jordi, pero es lo que hay. Padres. Madres.

La novela es ambiciosa en su extensión y su mezcla de tramas, y en ese giro último hacia la conspiración y la acción revoltosa; está escrita con frescura; yo echo en falta algo más de condimento literario en su prosa, y tengo por sobrantes tantas referencias a lugares comunes de la cultura de nuestro tiempo, aparte de la astracanada de referirse a David Trueba como si fuera el escritor más importante del siglo.

Pero bien.

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